Este apartado se ha creado gracias a los "recuerdos" de mi tío Ezequiel Hompanera. Aquí los dejo.
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MIS RECUERDOS. Me presento: No soy nacido en Llama. Pero si de muy cerca, porque al lado está Grandoso, mi pueblo natal, del que no reniego. Es la patria chica de parte de mis ancestros. Mi madre, mis abuelos maternos eran de ese pueblo, al menos donde vivieron, donde trabajaron y lucharon por su familia. Es el pueblo que me vio dar los primeros pasos, donde fui a la escuela y aprendí las primeras letras. Mi otro pueblo es Llama, de donde era mi padre y donde se radicaron definitivamente cuando yo apenas cumplía los cuatro o cinco años. Donde paso quince o veinte días estupendos cada verano, o cada primavera, donde tengo todavía primos y familiares. En los dos pasé mi niñez, de los dos tengo mis recuerdos infantiles. Contaré alguno de ambos, si me lo permiten. Espero ser ecuánime, contar las cosas lo más sencillamente posible, lo mejor que sepa. ¿Ser ameno?, no me atrevería a decir tanto. Pero lo intentaré. No quiero molestar a nadie, sobre todo. Se admiten comentarios, corroboraciones o correcciones. Todo será bien recibido. Gracias y perdón por las simplezas. Son mis recuerdos de infancia. |
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LA MINA. |
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En Llama, hasta los años 1970, hubo minas de carbón. Los pozos de San Pedro (el más importante), de Ma. Antonia, la mina que decían de los Caballero, Malaquías y otras… Acompañé a mi padre en ocasiones o le llevé la comida, de la mano de mi madre, hasta la boca de la mina. Y veía de cerca aquellos mineros en su salsa, en su tajo. Tiznados de negro de pies a cabeza, donde resaltaban sus brillantes ojos y sus dientes, tal vez, blancos. Así los había visto pasar cientos de veces por Grandoso arrastrando sus madreñas o sus pesadas bicicletas, y detenerse en la cantina de tío Santiago, donde se dejaban en vino “fiado” un pequeño pellizco de su menguado sueldo. |
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La mayoría se quedaban en Llama y sus Cuarteles, en Colle, en Veneros, subían a Felechas y hasta Vozmediano. Los había que pasaban la montaña por la collada de Sobrepeña o bien seguían la senda de los baldes que portaban el carbón hasta la estación ferroviaria de La Losilla, hacia sus pueblos de las Arrimadas. Llegaron a emplear aquellas minas a más de trescientos obreros. Y solo Llama me dicen, superó aquellos años, los doscientos cincuenta habitantes. Los veía pasar por Grandoso camino de sus hogares, quizás, no para descansar, sino para recoger la yunta y el arado, la azada o la guadaña y hacer alguna faena de labradores. Que también los había. Todo esto no son sueños. Son recuerdos, realidades. Así era la vida de mis padres, de mis tíos, de mis paisanos y yo lo recuerdo. |
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¿Las consecuencias? Uno, dos, tres... mineros sepultados. Muertos. Son vivencias trágicas de mi infancia. Muchos accidentes mortales de gente joven, de gente con ganas de vivir. Unos acabaron allí sepultados, y todos, todos con secuelas de por vida. Recuerdo ya más tarde, el difícil jadear del primo Floriano, el cansancio crónico del primo Ángel, por citar sólo dos casos. Sus pulmones quedaron malheridos. Hubo y hay todavía muchos padeciendo la terrible silicosis. Y yo lo recuerdo. |
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Los premios de aquellos concursos de bolos eran un poco más espléndidos: un cordero, un par de pollos. Y el partido de fútbol. No estoy seguro que estos partidos se celebraran el día de San Ramón. Pero sí los he visto en alguna fecha. Llama y Colle contra Olleros, contra Sabero, contra Boñar. Y no siempre salían malparados. Qué ilusionados los días antes a la fiesta y ¡qué nostalgia los posteriores! Y pensábamos en el año que viene. Todo esto son realidades y yo las recuerdo |
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LA ESCUELA. Pensaba no incluir en estos “recuerdos” mis primeros pasos por la escuela. Son vivencias de Grandoso, no de Llama. No obstante, creo que lo que cuente es aplicable a Grandoso, Llama y Colle, Felechas o Vozmediano. Todas las escuelas de aquellos años eran iguales o parecidas. |
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A los seis años cumplidos comenzábamos la “escuela”. Y a los catorce justos la dejábamos. No importaba ni el día ni el mes del cumpleaños. Los primeros días no eran de lloros y rabietas, pues íbamos de la mano de los hermanos mayores o de los primos. Además en el pueblo y en la escuela nos conocíamos todos. Desde los más viejos, como el tío Martín pegado a su inseparable cachimba (todavía le imagino en el portal haciendo “tarucos” para las madreñas), hasta los más pequeños, como yo, o Emilio (mi inseparable amigo de infancia) al que no veo desde entonces. ¡Qué lástima! La vida nos ha llevado por distintos caminos. |
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Sí me impresionó aquella sala tan “grande”, presidida por un crucifijo allá en lo alto y, a su lado, el retrato de un señor con bigote, fajín y medallas en el pecho, a quien mi hermano Tasi confundió con el peón caminero que arreglaba los profundos baches de la carretera. Este también se apellidaba Franco. Pues bien, seguramente de la escuela recordamos, sobre todo, los “reglazos”, los ratos pasados de rodillas cumpliendo algún castigo “inmerecido”. Castigos aplaudidos por los padres generalmente, que daban siempre la razón al maestro. Por mi parte quiero resaltar el valor de aquellos maestros y maestras. Pienso que a la postre eran unos santos. No tenían D. Florencio y Dña. Pura la culpa del estrés, de los nervios. Era culpa del sistema educativo de hace sesenta años. |
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Y si no, pongámonos en su piel. Ellos solos ante el peligro que representaban cuarenta, cincuenta o sesenta chavales y chavalas de seis a catorce años. Bastante tenían con mantenernos en orden y en silencio. Creo que sabían ingeniárselas. Enseñaban algo de Gramática, Matemáticas, Geografía, Historia a los mayores y éstos, enseñaban a leer y escribir a los más pequeños. Yo aprendí las primeras letras gracias a la paciencia de la prima Humildad. |
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Al final acabábamos sabiendo (más o menos) el contenido de aquellas enciclopedias que englobaban todas las materias y muchas más. Y orgullosos de cumplir los catorce años. Ya no necesitábamos aprender más. Ya éramos unos HOMBRES y MUJERES. El resto nos lo iría enseñando el devenir de la vida, con sus latigazos y “caricias”. Yo lo viví y lo recuerdo. |
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EL AGUA. Llama es un pueblo agraciado en agua. Con su pequeño “río” se riega la Vega, Riazo, la Loma. Pero faltaba el agua en las casas. Faltaba la “traída”. Ni siquiera el pueblo (me duele decirlo) tenía un caño para abrevadero del ganado. Bastaba el río. El agua en aquellos tiempos se iba a buscar a la fuente, caldero a caldero. Normalmente era faena de mujeres, aunque los críos también colaborábamos. Cuántos viajes de ida y vuelta y qué pronto se agotaba. No había caño y la fuente quedaba muy a desmano. Casi escondida en una senda, entre unos matorrales. Al menos en Grandoso, lo estoy viendo ahora, las mozas iban al caño al oscurecer, donde se contaban “sus cosas” o flirteaban con los mozos que conocían la hora. Cuántos noviazgos y matrimonios tuvieron su primera chispa al runrún del agua. Por supuesto, tampoco había lavadoras. ¡Qué quimera! Esto, en ninguna parte. |
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Y las mujeres cargaban con el balde de la colada camino del río. Cada una hacía su propio lavadero en una “poza”, con una “lágana” o una tabla más o menos preparada. Invierno y verano, primavera y otoño. Con frío y con calor. Yo vi a mi madre y mis tías romper el hielo de la orilla; las vi ateridas, con las manos rugosas y descoloridas que les dejaba el agua helada. No sabían qué era hacer una colada de agua caliente. Todo se hacía a la temperatura del tiempo. Y qué tiempo. Me contaron más tarde, los saltos que daba la madre cuando abrieron el pozo en la era y vio que el agua, a través de tubos y ayudada por una bomba manual, llegaba a la fregadera. Adiós calderos, adiós viajes a la fuente, adiós otra faena ingrata. La mayoría de las casas en el pueblo llegó a tener su propio pozo. Significa que el subsuelo es rico en agua. |
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Mas tarde llegó el agua de la traída y se normalizó la cosa. No del todo, porque hay veranos que escasea. Cosa de las lechugas y del césped. Ya se puede lavar con programas de agua caliente y fría. Ya no es necesario romper el hielo en la orilla del río. Yo lo viví y lo recuerdo. |
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LA MATANZA. Decían ya los abuelos que el cerdo era el animal del que se aprovechaba todo. Un amigo mío dice que del cerdo le gustan hasta los “andares”. Hasta no hace mucho, uno de los acontecimientos del año en los pueblos, y en Llama por tanto, era la “matanza del gocho”. Emocionado, veo salir parsimoniosamente al animal del cubil, animado con familiares palmaditas del amo sobre el lomo, guiado cariñosamente hasta el “patíbulo”. Allí le cogían desprevenido, cuatro o cinco forzudos (porque venían los primos y los tíos en ayuda) por las orejas y las patas y le tendían en el “banco”. Yo le sujetaba por el rabo. |
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Inmovilizado, pateando, gruñendo a grito pelado, como si se despidiera del pueblo, era sacrificado. El más hábil le clavaba el cuchillo, mientras el ama de casa recogía la sangre que caía a borbotones en una cazuela, cuidando de batirla para que no coagulara. Se necesitaba líquida para hacer las morcillas. Seguía lo que a mí más me agradaba. Con manojos de paja de centeno sin trillar se le chamuscaba y, con agua casi hirviendo, ayudados de gruesos cepillos o simplemente con trozos de teja, se le pelaba hasta dejarlo limpio y blanco como la nieve que a veces caía. |
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Para mí ya había acabado casi todo. No miraba cómo le abrían en canal, le extraían las asaduras que las mujeres recogían en un balde y se iban a lavarlas al río. Los hombres terminaban la faena de aquel día colgando al cerdo, entero e inerte, en un lugar fresco de la casa. No se necesitaba buscar mucho en aquellos días de noviembre o diciembre. ¡Ah! Venía un señor de Boñar para recoger una muestra. Dicen que se llevaba la mejor tajada de lomo, para examinar si estaba libre de triquinosis y era apto para el consumo. |
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Aquel día se comía en familia probando ya los primeros sabores del cerdo. Por la tarde se hacían las morcillas caseras. Los días siguientes se descuartizaba (se “estazaba”). Se preparaban los jamones para su curación. Se hacían los chorizos caseros que ahumados en aquellos hornos durante meses tomaban ese sabor típico de los chorizos de León, o al menos de mi tierra. Yo lo viví y lo recuerdo. |
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EL ABUELO. Los inviernos de entonces eran largos. Las noches también. A las cinco de la tarde era noche cerrada. Y fuera de casa nevaba, helaba. Así que nos refugiábamos en la cocina, al calor de la lumbre. Jugábamos, saltábamos, para desespero de la abuela. A veces hacíamos los “deberes de la escuela”- El abuelo se presentaba sobre las ocho, después del ordeño y de haber dejado aviadas a las tres o cuatro vaquitas que tenía en la cuadra y al burro. Casi siempre le acompañaba yo en estos menesteres. Con diez o doce años me atrevía a ordeñar aquella vaca que decíamos “bonita”. Llegábamos a la cocina, colaban la leche, nos lavábamos las manos en la fregadera y mi abuelo cogía el rosario que colgaba de un clavo de la ventana y todos a rezar. Aquel repetir de salves y avemarías, con sus letanías, cos sus padrenuestros por las animas de los difuntos, con sus oraciones a San Antonio por la oveja perdida, con sus credos y salves a mi me parecía interminable. Seguía la frugal cena: unas patatas cocidas, unos fréjoles, unas sopas de ajo y un vaso de leche recién ordeñada. Quedaba tiempo todavía antes de ir a la cama. Tampoco había que madrugar, amanecía tarde. Como no había tele, me gustaba oír cuentos más o menos verosímiles, las “batallitas” típicas de los abuelos, o la historia real de su vida. |
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El abuelo había sido carretero (sin derecho a huelga) en sus años mozos. Transportista dicen ahora. Con su pareja de bueyes y su carro hacía el trayecto del pueblo a León y de León al pueblo en cuatro días y por seis reales de los de entonces, portando carbón de ida y “género” (alpargatas, zapatos, telas, cazuelas, madreñas… que le encargaban los tenderos de Boñar) de vuelta. Por aquellos caminos pedregosos, enfangados, “caminos muertos”, sentenciaba el abuelo. Hacían noche a medio trayecto, casi siempre en Ambasaguas. En esas paradas, a veces, sucedía lo menos pensado. Se juntaban, como es lógico, unos cuantos carreteros, se hacían sus apuestas, se alababan sus yuntas de bueyes y sus carros, se jugaba a las cartas y se bebía vino. |
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-No sabíamos cómo (corroboraba la abuela), habiendo salido con una pareja de bueyes cárdenos, volvía con otra de color negro. Había vendido melenas, yugo, bueyes y carro y regresaba con otros, decía, “mejores”. –Tu abuelo, me decía él, siempre salía ganando. |
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Hasta el próximo viaje. En honor a mi abuelo he de decir que a pesar de haber sido carretero y tener, éstos, fama de malhablados, nunca le había oído decir “reniegos”. “Me cagüen sos” era su palabra más malsonante. Tal vez por eso le llamaban el “tío Sos”. Así pasábamos las largas horas de la noche. O bien jugando a la brisca, o simplemente durmiendo en el escaño. Yo lo recuerdo. |
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LA NIEVE. Normalmente mis visitas a Llama suelen ser en verano. Cuando falta el agua y sobra el calor. Aunque no siempre. He pasado frío en Agosto. Esta vez la visita fue en primavera. Los días ya son largos, los campos van adquiriendo poco a poco ese aspecto de frondosidad y lozanía que ofrecen prados y montañas en esta época y en esta tierra. Pero siempre en estas tierras hay sorpresas, o a mí me parecen. Ese día, a las seis de la mañana, cuando aún gozaba del calor de las mantas, me despierta un toquecillo en la puerta de la habitación y una voz ronca, recién salida del más profundo sueño, que me anuncia. |
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- Hermano, asómate a la ventana y verás algo maravilloso. Efectivamente, una maravilla era para mí aquel espectáculo. Mi coche en el corral desaparecido bajo un palmo de nieve. Aquel manto blanco de nieve me trajo a la memoria los inviernos de mi infancia. Entonces sí nevaba con ganas. Nevadas, nevadas de padre y señor mío. Quien diga que no hay cambio climático, miente. |
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En ocasiones permanecíamos aislados dos o tres semanas. No había tractores ni máquinas quitanieves. Los hombres se armaban con palas untadas de grasa o tocino, para que la nieve no se pegara, y abrían senderos por lo menos hasta la puerta del vecino por si tenían que auxiliarse con un poquito de sal (decían ellos). Y para que las vacas pudieran salir del establo a beber agua en el caño, en el río o en las “pozas”. Para los más pequeños era una gozada. Adiós escuela por unos días; bienvenidas las mojaduras, los muñecos de nieve que hacíamos en lugares estratégicos, con su bufanda, con su pipa, con su narizota de remolacha. A pasarlo “bomba” los pequeños y a renegar los mayores de aquel tiempo infernal. Por unos días, además, ni cartero, ni coche de línea. Aislados. Yo lo recuerdo. |
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LOS JUEGOS. Cuando veo a los niños de hoy rememoro mi niñez. ¡Qué diferencia! La noche y el día. De la máxima carencia a la más absoluta abundancia. Me explico. No conocíamos a Papá Noel. El Niño Jesús no hacía regalos, más bien los recibía en forma de villancicos. Los Reyes, sí. Nos traían una bolsa con una naranja, una manzana, unas nueces, unos higos, un trozo de turrón y unos escarpines. Menos éstos, todo lo demás, creo, iba a parar al frutero común. |
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Los padrinos solían regalarnos una o dos pesetas. Y fuera de Reyes había pocos motivos (tampoco dinero) para hacer regalos. Si acaso el día del cumpleaños nos hacían la “cuelga”. Y el padre o el abuelo traían unos caramelos o unas avellanas cuando bajaban a Boñar. El único juguete y del que tengo un amargo recuerdo es un caballo de cartón que trajo a casa tío Manolo. Duró unas horas: las que necesitó mi hermano Mino para abrirle en canal y ver qué tenía dentro. Estaba vacío, nos quedamos sin caballo y con lágrimas en los ojos. Los juguetes los fabricábamos nosotros con la ayuda de los mayores. “Trenes” con latas de sardinas arrastrados por una cuerda imitando las vagonetas de la mina. El “aro” de hierro que guiábamos con maestría ayudados de un gancho de grueso alambre. Pasábamos el tiempo imaginando mundos. Eso sí, como los niños de ahora, o más. Llegados a la escuela y un poco mayorcitos había otros “divertimentos”. Recuerdo tres especialmente. Las canicas. No eran de cristal, sino de barro cocido que resultaban muy frágiles. Jugábamos al “gua”, por ejemplo. Las chapas. Tapas de botella que enteras o machacadas teníamos que acercar, desde tres o cuatro metros, a una raya trazada en el suelo. También había variantes de juego. |
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Antes |
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La peonza. Qué os explico de la peonza que sobradamente conocéis. Estos juegos tenían su ciclo que duraban, puede ser, dos meses. No eran simultáneos. Tampoco sé el orden. Alguien aparecía una mañana con la peonza y en tres días estábamos todos armados. Lo mismo sucedía con las canicas o con las chapas. Había otros juegos por supuesto más atléticos, pero muy simples. El “marro”, el “escondite”, “policías y ladrones”, el “piti” (juego que hacía peligrar los cristales de casa de tía Goya), el “calvo”. Y los “bolos”. |
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Sin juguetes, pero con estos juegos y ayudando a los mayores en los quehaceres domésticos pasábamos felices los días. Y las chicas, ¿qué? También tenían su modo de divertirse. Jugaban a las muñecas de trapo que fabricaba la madre o la tía. A la “taba” (juego de muchachas que se hace con tabas (astrágalo) de carnero o con piezas de otro material), describe el diccionario. Saltaban a la “comba”. Dibujaban en el suelo unos cuadros en forma de cruz (el “castro”) e iban saltando de uno en uno, previo lanzamiento de una teja, por ejemplo. |
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Ahora |
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Pero esto, mejor que os lo cuenten ellas. Esto era nuestra falta de juguetes, nuestros juegos, nuestros felices sueños tal como yo los recuerdo. Algunos aún perduran, otros se los ha llevado el tiempo. |
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ANÉCDOTA III - Gran pirotecnia. En mi infancia, en la fiesta de San Ramón, que celebraban conjuntamente Colle y Llama, no había programas escritos. Pocos años más tarde parece que sí. Dicen que escritos a mano, con la mejor letra, en una hoja del cuaderno de la escuela, se elaboraba el programa y se pegaba con engrudo en el panel de anuncios de ambos pueblos. Esta historia me la contaron de viva voz los mismos protagonistas. Yo la he corroborado con testimonios fidedignos. No me fiaba, la verdad. Ahora, parece que me la creo. Voy al grano y no exagero. Si acaso ellos. Yo lo cuento tal cual. “Programa de fiestas”: “Segundo día”. “Doce de la noche”. “Gran despedida de fiestas con fuegos artificiales”. “Lo nunca visto en el pueblo por los siglos de los siglos”. Rimbombante sí quedaba. |
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Llegada la hora de la verdad parece que grandes y pequeños, nietos y abuelos, mozos y mozas, esperaban la gran demostración pirotécnica. Aclaro que por aquellas fechas, con las minas en todo su esplendor, Colle y Llama solamente superaban los trescientos habitantes. Además la noticia se había escampado por los pueblos vecinos (asiduos a la fiesta de San Ramón) y había una buena representación de todos ellos, no sólo de los que venían a buscar “ligue”. Hasta de la villa subieron espectadores. Y los promotores, que aquel año eran el primo Marcelino y mi hermano Mino (no sé si había algún gamberro más, que me perdone si no le cito, me puede enviar una foto reciente y saldrá también retratado) no sabían dónde meterse. Con lo de la pirotecnia se habían lanzado un farol en el programa. Vaya, que se habían puesto una medallita con antelación, que ahora pagaban cara. Todos les apuntaban con el dedo: LOS FUEGOS… LOS FUEGOS… Salieron del apuro y de ser linchados por la multitud por casualidad. “Fulano” les susurra al oído: |
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Se les abrieron los ojos como cazuelas y los dos pillos se van al pajar de “Fulano” precisamente y encuentran el tesoro. Llegan con su trofeo y se ven salvados. |
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El ruido lo hacían los cohetes, que sí había en abundancia. La pirotecnia la ponían ellos. Mientras uno le iba dando manojos de centeno encendidos el otro, montado en un chopo, los agitaba haciendo saltar las chispas y el humo. El jolgorio de los espectadores, los vítores, los aplausos, las aclamaciones, los ooooh!, les libraron de ir arrestados por la pareja de la guardia civil. Y porque habían cenado con ellos un par de horas antes. Con qué poca cosa se conformaban y se divertían en aquellos tiempos. |
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“Fulano”, el que les había soplado la idea, se enteró que le habían robado la gavilla de centeno cuando quiso “chamuscar” el “gocho” allá por el mes de diciembre. Y maldijo a los ladrones. Todavía se lo está recordando estos años cuando se encuentran en la cantina para tomar unos vinos. Así me lo contaron, así lo cuento. |
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SENTIMIENTO. Amigo trotamundos (te vas a hacer famoso). En tu primera incursión en el foro de esta WEB, entre otras cosas, me dices: “Sigue escribiendo”. Al tiempo que te lo agradezco, me pregunto: ¿Y cómo? ¿Y qué? La cabeza a mi edad no da para más, so pena de repetirme. No me gustaría que estos recuerdos se hicieran pesados y alguien exclamará: ¡YA ESTÁ BIEN! En consideración tuya, y de tu tía Marucha, te explico tres historias que atañen a los tuyos y a los míos. Siempre tengo el problema de no saber ser del todo breve. Primera: Los abuelos. |
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Y el agua, el agua lo era todo para los labriegos. Cuatro regaderas más significaban un brazado de hierba para las vacas, y un litro de leche para el desayuno. A partir de la recogida de la hierba se regaban los “praos” y las huertas. Por orden, por horas según la superficie de la finca. Recodarás que el tío Argimiro y el tío Froilán tenían en la Vega una parcela lindando, antes de la concentración. Y del agua discutían aquella tarde. No pienses que llegaba la sangre al río que queda a menos de un tiro de piedra. En estas estaban, cuando a uno se le ocurre: Esta frase me ha quedado grabada desde entonces. Espero que nuestros abuelos sigan tan amigos allá donde estén y se tomen juntos sus buenos vasos de vino. |
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Segunda: Las Anuncias. Aquellas vacaciones llegué del colegio y casi sin deshacer la maleta me dice mi madre: Me acompañó mi madre. No sé si le di el pésame a tu abuela. Lo que sí contemplé fue aquel enorme abrazo que se dieron y aquellos sollozos entre lágrimas: De hecho, tu mismo padre tuvo un accidente gravísimo. Yo le vi con la cara quemada. Tus otros tíos, Mesio y Carlos, posiblemente emigraron a Madrid huyendo de aquel peligro.
Ya habían pagado con creces su cuota de sufrimiento. Como decía antes de los abuelos, espero que donde quiera que estén, sigan teniendo las amenas conversaciones de antaño. |
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Tercera: El rosario. Tampoco había luz eléctrica y la ermita se iluminaba con dos cirios colocados estratégicamente en el altar. La llama era fantástica. Invitaba a hacer apuestas. Soplábamos con maestría para ver quién tenía fuerza desde la distancia para apagar la vela. Conseguíamos que la llama parpadease y lanzara negras y misteriosas sombras sobre los santos del retablo. |
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En esto, se levanta la tía Rosa, la mujer del herrero y da un pescozón a tu tío Adonís (qepd) al tiempo que le grita: No sé cómo acabó en rosario. Supongo que con dificultades llegó a las letanías. Yo lo viví, yo lo recuerdo.
Añadido: Amigo José María, te emplazo para que envíes a Noemi una foto de tu abuelo, abuela, o de tu tío Adonis para amenizar estos recuerdos. O de todos tres. |
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LAS FERIAS. SAN PEDRO. SU FERIA. Ya he contado cómo el abuelo, y casi todos los paisanos de aquellos pueblos que formaban el ayuntamiento de Boñar, bajaban cada lunes a la villa. Era un ritual, como ir a misa los domingos. Había feria. Parece que la tradición se mantiene hasta nuestros días con el devaluado “mercadillo”. Hoy bajan incluso las mujeres. No sé por qué siempre los lunes, y no los martes, se ha de comprar en el supermercado. Para mí, es aquel gusanillo de antaño y ancestral de los abuelos. “A ver a quién encontramos hoy”. “A ver con quién hacemos la partida”. Los genes perduran por los siglos de los siglos. |
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Los lunes de aquellos años eran diferentes. La feria se hacía en la plaza de canto rodado que todos conocimos, a la sombra del NEGRILLÓN, que todavía lo era y del que el abuelo contaba: |
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Se mercaba de todo en los puestos de embutidos, de legumbres, de verduras. Zuecos, botas, zapatos, zapatillas. Recuerdo con cariño las ringleras de madreñas expuestas a la venta; posiblemente el producto de mayor salida. Y el ganado. Siempre se bajaba alguna oveja, alguna cabra, algún cerdo y hasta caballerías. Y sobre todo alguna vaquilla, que no tenían intención de vender, pero que hacía bulto y los paisanos se enteraban de cómo iban los precios. La vaca regresaba al establo cada tarde, cansada y con hambre y con la misión cumplida. |
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Quiero recordar que durante el año había varias ferias en Boñar que sobresalían y dejaban minimizados a todos los lunes. De esto va este recuerdo. Que, además, eran las ferias del ayuntamiento. Las Candelas, San José, San Gregorio, San Pedro, y el Pilar. (¿Había otras?). Paso por alto las tres primeras. No tengo de ellas ninguna vivencia especial. Y digo que estos recuerdos no pretenden ser la historia exhaustiva y contrastada de aquellos años. Dios me libre. Son simplemente eso: recuerdos infantiles, con minúscula. La feria de San Pedro. Recién encetado el verano, recién acabada la escuela, recién empezando las “vacaciones”. Me parece que los chiquillos de entonces no hablábamos de “vacaciones”. Decíamos simplemente “se acabó la escuela”. Cambiábamos la escuela por las faenas de la hierba y más tarde de la trilla. Y siempre del pastoreo con las vacas. Reíros, reíros. Por San Pedro se compraban las herramientas apropiadas a esas dos faenas: guadañas, rastros, horcas, bieldos (añadir vosotros las que os venga en mente). Por supuesto, trillos. Aparecían los “trilleros” o “empedradores” (¿se decían así?) que reparaban los dientes que los trillos habían perdido en la campaña anterior. A veces soñaba ser de grande “trillero”, como aquellos hombres que venían de Cantalejo (Segovia), y en cuyo pueblo se dice que “un trillo es una obra de arte escrita en su barriga”. Y se vendían también las camadas de cerdos que las prolíferas “berracas” habían traído al mundo en la primavera. Eran los que, cebados, darían los jamones y chorizos allá por el mes de diciembre. |
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Dos vivencias sobresalen de esta feria. Mientras los mayores hacían sus negocios o tomaban sus vinos, los chavales alquilábamos bicicletas y hacíamos carreras de la plaza a la estación o carretera abajo, creyéndonos Bahamontes, cuando en realidad, estábamos dando las primeras pedaladas. No había peligro de coches. Nadie lo tenía. Don Amable (propietario creo del primer automóvil en el contorno) todavía utilizaba la tartana para visitar a sus enfermos. Y la merienda de tortilla a la sombra del negrillón o en cualquier rincón fresco. Era tiempo de cerezas. ¡Cómo me gustaban! Me hacía reír el abuelo con aquellos versos: “por una voy, dos vengáis, si venéis tres, no vos caigáis”. Tal como suena. ¿No os acordáis vosotros lo felices que éramos con lo poco que teníamos? Yo lo he vivido. Y he disfrutado de aquellos tiempos, cuando las preocupaciones eran mínimas. Si acaso, hacer que durasen las alpargatas. Bien poca cosa. |
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El comprador se retiraba pensando, “ya rebajarás el precio”. Mientras el vendedor se quedaba sonriendo, “ya subirás la oferta”. La escena (y como ésta cientos) se repetía cada media hora y las posiciones, aunque se iban acercando, no acababan de coincidir. Pero aquello no era eterno como las conversaciones de ahora entre sindicatos y patronal, entre Gobierno y Oposición. Entonces se resolvían las diferencias más escabrosas en un plis plas. Sin jueces, sin abogados, sin testigos casi. |
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Bastaba que terciara el amigo de ambos. |
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Y cerraban el trato con un apretón de manos y lo sellaban con un vaso de vino en el chiringuito más cercano. Por supuesto, pagaba el vendedor. Los paisanos seguían su ronda y la vaca pasaba al cuidado del hijo o del nieto encargado de llevarla a su nuevo establo. |
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Por aquellas ferias aparecían también los tratantes, los chalanes, en definitiva, los especuladores. Que también los había. Eran los que no querían vacas en sus cuadras, que muchos ni siquiera tenían. Compraban un lote de tres o cuatro a precio muy ajustado y luego las vendían al detalle, lógicamente diez o doce duros más caras. Era su modo de vivir y recorrían todas las ferias del contorno y más allá. En un día ganaban más que un minero en todo el mes (decían). Aunque a veces les saliera mal la jugada y tuvieran que cargar con el muerto durante semanas, si no querían perder dinero. Así hasta la tarde, hasta el anochecer, cuando las reses no vendidas deshacían el camino hasta sus establos, hasta sus pacederos. Hasta el lunes próximo o hasta la próxima feria. O hasta el año que viene. Yo lo viví. Yo lo recuerdo. |
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REIVINDICACIÓN. LOS ABUELOS. No sé si esto será un recuerdo de mi infancia, en parte sí; o una reivindicación, un reconocimiento, un homenaje, más bien. Me preguntan, me preguntan con insistencia ¿por qué hablas tanto del abuelo? Y yo siempre contesto lo mismo: porque los abuelos dan mucha “cancha”. Y porque yo me crié con él hasta los once años. Y tengo muy buenos recuerdos, y le aprecio como aprecio a todos los abuelos de ayer y de hoy. Será, además, porque yo también lo parezco con mi andar renqueante, con mi gorra de visera que defiende mi más que incipiente calvicie de los fríos del invierno y de los soles del verano, con mi cachava (vosotros le decís bastón) que me da sostén y seguridad. En cada casa, hasta no hace mucho, siempre había uno o dos abuelos/as a quien poder echar la culpa de cualquier desaguisado. Bien que nos iba. Los asilos estaban reservados para los “pobres de solemnidad” o para los que se quedaban sin familia donde acogerse. Siempre fueron útiles para casos extremos. Además, si yo quiero contar la historia de mi infancia, qué mejor manera que echar mano de los abuelos. Cuento, además, la historia de muchos de ellos por aquellos años, repetida más o menos. Casi todos hacían lo mismo. Vivían las mismas ocupaciones y trabajos, las mismas alegrías y sinsabores. En los pueblos, cuidaban de sus cuatro vaquitas y su burro, reparaban una presa de riego, regaban una huerta o unas patatas, quitaban unas zarzas, segaban un poco de alfalfa para el “gocho” o los conejos, ordeñaban, etc. Y contaban las típicas batallitas a sus nietos en las largas noches de invierno, al tiempo que daban sabios consejos a sus hijos que éstos aceptaban o escuchaban al menos, hoy ni lo uno ni lo otro. Bajaban los lunes a Boñar a comprar unas alpargatas para el rapaz. Digo yo. Me atrevo a nombrar unos cuantos de aquellos abuelos. Sea en honor de todos ellos. |
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El tío Marcelino, enfrente de casa (era yo monaguillo, cuando muy enfermo, el sacerdote le administró los últimos Sacramentos; yo acompañaba la procesión tocando la campanilla); tío Jesús; tío Segundo (también fumaba en pipa de fabricación casera aquel tabaco de racionamiento, mezclado a veces con hojas secas de patata y del que decían fabricaba “con demora” los mejores arados de la comarca); el tío Manuel (habíamos entrado en la herrería, nos dejaba manejar el fuelle gigante y ver cómo atizaba el fuego y se ponía incandescente aquel hierro que luego moldeaba sobre el yunque con un enorme martillo); el tío Argimiro; el tío Moisés (encorvado y apoyado en sus dos cachavas). |
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Y las abuelas (no soy machista). La abuela Aurora, tía María, tía Josefa, la tía Rosa, la tía Felicitas, la tía Francisca. Y tantas y tantas otras. ¿Por qué a todos los mayores les llamábamos tío? Misterio. Era un tratamiento de respeto, no el “colega”, el “tío”, de los chavales de hoy. Vivían y ejercían su oficio y recibían el cariño de los suyos hasta el último suspiro. Hoy, aquí comienza el reconocimiento a nuestros abuelos, no siempre es así, por desgracia. Algunos de ellos (no muchos) son el objeto de usar y tirar. Sí, mientras sirven, ¡qué bien! Aprovechémosles. |
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Ahora no riegan, no ordeñan, no moldean el hierro ni hacen arados, no cuidan de las vacas. Cuidan de los nietos. Me acabo de encontrar esta misma mañana con un abuelo que me advierte “no diga que cuidamos, diga mejor CRIAMOS a los nietos”. Y “jugaba al football” con un chavalín de seis años, o poco más. ¿No les habéis visto tirar del cochecito hasta el parque próximo? ¿No les habéis visto cargar a sus espaldas la mochila de los nietos camino de la escuela? ¿Y esperar a la hora de salida para llevarles a comer a casa porque el rancho del “cole” no es tan sabroso como los macarrones y las patatas fritas de la abuela? |
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EL SAFARI. Había visto en Llama exhibir un oso vivo. Delante de la casa del Herrero, en la plazoleta que decían el Campín, unos cíngaros le hacían bailar. Más bien soportaba gruesas cadenas con que iba amarrado y preso. También había visto, eso sí, exhibir como trofeo algún lobo vivo o muerto cazado en la trampa del lazo o de las escopetas. Probablemente el lobo era el animal más odiado de los ganaderos de entonces. El más dañino para los rebaños, del que se decía que no mataba para comer, sino por saña, por gusto. Y como tal se le perseguía allí y en toda España. Si hasta en los cuentos que nos narraban las abuelas en las largas noches de invierno casi siempre aparecía el astuto lobo. Nada más tenéis que recordar lo que le pasó a Caperucita. Para odiarle, ¡para tenerle miedo desde la más tierna infancia! Si habéis visitado Caín en los Picos de Europa os habréis detenido en una de las loberas más famosas: dos vallas de estacas que acaban en cuña monte abajo en un pozo de piedra con una claraboya por donde pretendían huir los lobos perseguidos de perros. Se les perseguía, se les eliminaba. En Llama, Colle, Grandoso y pueblos limítrofes hubo durante años (siglos) una buena cabaña ovina. Cada vecino era un ganadero al tiempo que labrador. Al lado de la cuadra se alzaba la corte donde dormían quince, veinte, cincuenta ovejas como mucho. El pastor contratado hacía sonar cada mañana la trompeta, el cuerno como señal que comenzaba su trabajo diario, vigilando que el único rebaño del pueblo no comiera el recién nacido trigo y no fuera atacado por el lobo en el monte. |
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De vez en cuando se hacían sus cacerías contra las alimañas. Discutían aquella tarde la estrategia a seguir. Le habían divisado por encima de Fresno. “Atarían una oveja con su cencerra en un lugar estratégico y le esperarían con sus escopetas encaramados a una encina”. Fue entonces cuando, con la inocencia de sus seis o siete años, preguntó el sobrino Alfonso: En fin, se optó por la cacería, el safari. Sólo les faltaban las botas camperas, el pantalón corto caqui, el salacot y el rifle. Escopetas sí había. Prohibido los perros, alborotan y espantan la caza. Encerrados y atados en el corral, fue la orden tajante. |
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El día siguiente, domingo, fue tema de conversación y chulería; primero en el portal de la iglesia entre los pocos que asistieron a misa de doce; más tarde en la cantina entre los muchos que tomaban sus vinos de una. Se habían reunido en Quintaniella: por la carretera de Grandoso llegaron hasta el Carrizal y campo a través por la Cota, dejan a la derecha el encinar y a la izquierda la ermita de la Encarnación donde alguien murmuró una salve o un avemaría por el éxito de la expedición. Reguero arriba llegaron a Villar donde se organizaron en abanico pensando pillar por retaguardia lo que buscaban. El frente era ancho, del encinar a la Varga. Con las escopetas en ristre comenzaron la bajada Fresno abajo. Sólo se oían las pisadas que trataban de amortiguar, los tropezones y algún que otro taco que los otros acallaban con un chiiist. En cada sombra de espino se imaginaban un fantasma; del lobo ni rastro. Cuando ya llegaban a lo que llaman el Apartadero, a pesar de la negrura de la noche, ven algo que se mueve y alguien dispara dos tiros. Sí les llamaba la atención que así como la cabra tira al monte el lobo tuviera la querencia de refugiarse en el pueblo. |
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Fanfarroneaban cuando de un rincón sale la voz de Tino: Silencio en la sala, algún velado murmullo, alguna contenida risa. Todos habían oído los disparos, todos habían visto las ráfagas, pero nadie había disparado. Sólo uno pensaba para sí, ufano: “por una vez di en el blanco”. |
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“Cachula”, dando otra muestra de fidelidad al amo, se había zafado de la cadena que la tenía prisionera y había salido a su encuentro, a colaborar en el safari. Ahora se debatía entre la vida y la muerte. La mitad de este escrito es historia viva. Yo mismo de pequeño había tenido odio y miedo al lobo cuando atravesaba el encinar, montado en el burro y siguiendo a las cuatro vaquillas del abuelo desde Fresno al establo. La otra mitad fantasía de los que me lo contaron. ¿Lo creemos? Vamos a ser generosos y digamos al unísono que SÍ. Yo lo cuento. |
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PRIMER ATROPELLO. |
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Delante de lo que fue la escuela de Grandoso en mi tiempo (años l940…) se extendía un simulacro de “plazoleta”, poniendo algo de imaginación, triangular. Diremos que no era una plaza cerrada, al estilo. Si queréis llamadle “campo abierto” no os contradeciré. |
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En medio de la plaza sobresalía el caño de abajo (había otro calle arriba) más humilde pero de la misma estructura que el de Boñar. En nada tenían que envidiarle con sus dos chorros generosos de agua en invierno y verano, donde Humildad, Nisa y las mozas del pueblo llenaban los calderos y acarreaban el agua para todo el consumo de la casa. Yo iba con el botijo, que más de una vez se quedó por el camino. Hasta el caño llegaba el agua corriente por aquellos años. Mira que tenían cerca el enganche. ¡Cuántos chapuzones “involuntarios” al quitar la vez al compañero para beber agua a “gollete”! Alrededor de la pila jugábamos a todo en los recreos. Los chavales a las canicas, a las chapas, a la peonza. Las chavalas al “castro”, saltaban a la comba. Y unos y otras nos hacíamos la “puñeta” siempre que podíamos. Ellas pasaban por medio del corro y pisaban sin querer la peonza, pues nosotros pasábamos por el castro y dábamos queriendo un puntapié a la teja que utilizaban de guía. Ellas acababan llorando y nosotros de rodillas de cara a la pared en la escuela. ¡Chivatas!! |
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La carretera, hoy tan hermosa, era entonces de tierra y pasaba bordeando el lado sur de aquel triángulo que yo considero plaza. No recuerdo que nos advirtieran nunca del peligro que suponía para nuestra integridad física aquella carretera. Toda la circulación consistía en el paso del ganado hacia sus pacederos o sus cuadras, y que abrevaban, eso sí, en el pilón del caño. Pasaba la pareja de vacas arrastrando el carro con abono para las tierras en otoño, con hierba o mies en verano, con carbón a veces, con patatas o remolachas. El carro siempre lleno o vacío según los casos y necesidades. Y qué sonido hacía sobre las piedras que encontraba por el camino. De sobra nos avisaba pues venía a cinco por hora. Tiempo había para retirarse, y si no el tío Cosme nos daba con la aijada. Cómo me gustaba ver al labriego cargar el arado sobre el yugo, sobresalir la esteva por encima de la testuz de la yunta, arrastrando el timón por el suelo. De la esteva, a veces, pendía el fardelillo con la merienda de media mañana que el abuelo llamaba “las diez”. Sí, era todo el tráfico, o casi. Y todo pasaba con nosotros “en medio”. |
Ah, en esos años comenzaba a circular un destartalado camión de medio pelo que iba sustituyendo progresivamente a las yuntas de bueyes y sus carretas en el transporte del carbón. Total, cuatro viajes hacia arriba y otros tantos hacia abajo. Bien poca cosa pero suficiente. De ahí vino el peligro y la desgracia. Jugábamos al “marro”, o al “escondite”, o a “pillarnos” y en estos casos necesitábamos más espacio que la menguada plaza y nos escampábamos por los alrededores. Campo no nos faltaba. |
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En una de esas el dichoso camión y Andresito (un rapaz dos años menor que yo) quisieron pasar por el mismo sitio a la misma hora y minuto. Nunca supe si el destartalado camión atropelló a Andresito o fue éste quien atropelló al camión. Un desastre. El camión de gasóleo quedó intacto, ni un rasguño más, ya le sobraban. Andresito hecho una piltrafa en la cuneta. Quedamos anonadados, como el pueblo entero; durante días no se habló de otra cosa. Ya digo que fue el primer atropello en todo el contorno. Si hubiera sospechado el tío Patricio que lo que él tenía de cuadra y de corte sus nietos lo convertirían en garaje…. Aquella mañana creo que fue la primera y última vez que Don Florencio, en su larga vida de enseñante, pudo dar su lección, sus recomendaciones, su sermón sin que se oyera un resuello. No sé si era tiempo de moscas, supongo que sí (en los pueblos las hay siempre). Seguro que hubiéramos oído su vuelo en aquel silencio. |
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Andresito regresó de León a los días y le íbamos a visitar en su lecho de dolor, viéndole escayolado de pies a cabeza y “semicolgado” del techo de la habitación. Un espectáculo. El maestro nos señalaba qué lección de la Enciclopedia le tocaba cada día; seguro que no abría el libro; si no podía el pobre, como estaba crucificado y colgado. |
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Su abuela (la tía Lucila) nos preparaba la merienda y nosotros permanecíamos a su lado hasta que se acababan las sabrosas galletas caseras. Para mayor escarnio, desde la ventana de la habitación en que permanecía inmóvil, sentíamos y veíamos pasar el camión, que Andresito maldecía, y que además, tocaba la bocina para que de aquella esquina de su casa no saliera otro rapaz perseguido y embalado. Claxon que nosotros interpretábamos como un cachondeo: “pa que aprendáis”. Doble, triple maldición de todos los que compartíamos merienda. Yo lo viví, yo lo recuerdo. Aclaración: Aclaración 2 (por Noemi): |
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OFICIOS. |
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Ya he contado cómo nuestros pueblos, de siempre, se sostenían con la agricultura y la ganadería. De siglos fue su modo de vida y de subsistencia. Sembraban tierras y recogían sus cosechas. Criaban vacuno y ovino y porcino que les proporcionaban el alimento de cada día. Durante años (¿ciento y pico?) la minería del carbón también les proporcionó sus sueldos, aunque exiguos. Colle y Llama, Veneros y Grandoso, Felechas y Vozmediano y otros pueblos del entorno vivieron su apogeo por los años cincuenta del siglo pasado, al menos en población, en habitantes. Las cantinas eran un hervidero cada tarde, cada día de fiesta. Había gente. Todo ha desaparecido, o casi todo. De la agricultura, ni rastro; de la ganadería, bien poco. ¿Todo, entonces, ha ido a peor? No. Es triste ver los pueblos en invierno casi sin gente. Pero da gusto ver que han surgido casas, viviendas modernas y hermosas, con todas las comodidades. Sin orden ni concierto, todo hay que decirlo. Y las viejas han sido reformadas; las cuadras, cortes, horneras han sido reconvertidas, irreconocibles para nuestros padres, no digamos abuelos. Los descendientes de nuestros antepasados conservan su querencia y tiran hacia pueblo, al menos en sus vacaciones, o cada fin de semana los que quedan más a mano. Sí, nuestros pueblos eran ganaderos y labradores por excelencia. Pero ¿había otros oficios menores? De esto va mi recuerdo. Citaré unos cuantos. |
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La herrería. En Llama y Grandoso yo conocí dos herrerías y sus correspondientes herreros. Herrerías humildes, sin pretensiones, pero que hicieron historia. Cuántas veces entramos la “chavalería” en la de Grandoso a calentarnos con los amigos de la casa; a darle al fuelle; a escuchar el chisporroteo del fuego y del hierro en ascuas; a ver cómo se reparaban las rejas desgastadas de los arados, las azadas, los picos; y cómo se moldeaban las herraduras para las caballerías y los “callos” para las vacas, sobre el yunque. ¡Qué miedo aquellas chispas! A veces se atrevían con objetos más sofisticados: un cerrojo, una reja de forja. Aquellos herreros eran artesanos admirables que desaparecieron y con ellos la fragua. Una lástima. Parece que la herrería de Llama se conservó durante un tiempo gracias al amigo Paco, (bueno, amigo de mi hermano Mino). Ya no se cava, no se ara, ya no hay vacas ni caballerías que herrar. Pero queda en mi memoria aquel oficio. |
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A continuación se hilaba. Colocaban los copos de lana fina sobre la punta de la rueca, que las mujeres sostenían dentro de refajo, y valiéndose del huso, la iban convirtiendo en hilo mientras, a veces, rezábamos el rosario. ¡Con qué cariño tiraban de la lana, con qué energía hacían bailar el huso! Y en ovillos esperaba a convertirse en calcetines, en jerséis, en mantas, que también era oficio de mujeres tejedoras. Me cuentan que la tía Natis de Colle era una fantástica tejedora. Oficio de mujeres; aunque había visto al tío Martín, con sus cinco agujas, elaborar unos hermosos calcetines. Quiere decir que los hombres también tejían. He soñado al abuelo manejar con sus torpes manos las cinco agujas. Las modistas. Entonces en el comercio se compraba un corte de tela y el sastre te confeccionaba el traje o los pantalones. No conocí ningún sastre en el pueblo. Sí modistas. Las hermanas Pura en Grandoso y Eloína en Colle lo eran. Las mujeres llevaban el corte de tela y ellas tomaban medida, cortaban, cosían y dejaban a las mozas hechas un primor con aquella falda o con aquella chaqueta. Parece que hasta daban clase y las jóvenes hacían sus pinitos de modistillas guiadas por la maestra. No es broma decir que, además, yo estrené más de una camisa hecha por mi madre, y no era ninguna modista. La necesidad, la carencia agudizaba los ingenios de aquellas gentes, aunque el cuello de la camisa quedara un poco estrecho, o un poco ancho. El oficio de coser sin ser modista era pan de cada día. Como el remendar. |
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| Pregunta a los jóvenes de hoy, ¿sabéis qué significa remendar unos pantalones, una chaqueta, una camisa, unos calcetines, una sábana? ¿Lo habéis visto hacer? Suspendidos todos. | |||
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La cestería. No era un oficio de gente fina, fina. No era un oficio con el que se ganaran un sueldo. Pero casi todos los hombres sabían hacer un cesto más o menos curioso. Nadie compraba un cesto, lo fabricaba. Y mira que el cesto era uno de los utensilios más comunes y valiosos. Con él se recogían las patatas o remolachas en su tiempo, se buscaba unos troncos para la lumbre, se llevaba un puñado de hierba para el pesebre de la vaca. Menos para buscar agua en la fuente, servía para todo. Siempre tenía que estar a mano el cesto. Y lo fabricaban los hombres con aquellas mimbres sin pulir que habían cortado con esmero en otoño, o en invierno. Fácil de tejer por manos habilidosas. Los imagino sentados contra la pared o sobre un madero con el cesto casi terminado entre las piernas y diciendo satisfechos y orondos a su gente: “ahí lo tenéis”. |
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Termino, no sin recordar que también hubo barbero. Mi padre venía con la cara fina una vez a la semana, cuando bajaba a Boñar. Pero también le había afeitado en los Cuarteles el que fuera practicante. Y me consta que, en Llama, Ovidio fue durante años el barbero de alguno de mis hermanos. Como el padre de Ovidio y Marcelino había sido también barbero en Colle. A pesar de que los hombres, por lo general, se afeitaban en casa con las navajas barberas. El pelo, alguien tenía que arreglárselo. Y, mira por donde, alguien sabía hacerlo. ¿Había otros oficios? Vosotros mismos. Todo esto yo lo viví, yo lo recuerdo.
Nota. Como de todos los recuerdos que escribo, también sobre éste se admiten comentarios, aclaraciones, correcciones, críticas (no muchas, por favor). Que tu tatarabuelo fue carpintero, o cantero, o esquilador de ovejas, pues nos lo dices. Que la abuela o bisabuela hacía unas mantas de lana de ensueño, pues eso. Lugar para vuestros comentarios lo tenéis. El FORO es buen escaparate para saber vuestras cosas y nuestra historia. Y si no Noemi encontrará un rincón bien legible, bien visible. |
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DE ROMERÍAS Y PROMESAS. |
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Costumbres ancestrales. Muchas aún perduran. Peregrinaciones, romerías y promesas. Mahoma invita a los suyos a peregrinar a la Meca al menos una vez en la vida. Lourdes, Fátima, Roma son otros tantos puntos de peregrinación. Cada primavera Almonte se llena de romeros. Covadonga, Montserrat, el Pilar, la Virgen del Camino. Cada vez que recorro las carreteras de Logroño, Burgos, Palencia, León hacia el pueblo me va guiando la concha de Santiago y veo a grupos de peregrinos que cumplen una promesa (¿o no?) haciendo a pie o en bicicleta cientos de kilómetros para llegar casi a Finisterre y arrodillarse a los pies del Apóstol o dar una cabezada en la columna como signo de misión cumplida. Todo esto me recuerda que a nivel local también se hacían, en mi tiempo, romerías y promesas; y se hacen. La piel de toro que dicen está sembrada de ermitas, capillas, santuarios. Seguro que cada uno de vosotros tenéis en mente uno, dos, tres lugares de romería al lado de casa como quien dice. Llama, Colle, Grandoso también tienen sus santuarios de peregrinación más o menos remotos, más o menos cercanos. No era broma hacer el recorrido hace setenta años a pie o en caballería por caminos carreteros, que no carreteras asfaltadas y en coche. Recuerdo alguno de estos lugares. |
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La Virgen del Brezo. |
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Las promesas. Casi siempre se hacían estas peregrinaciones pidiendo algún favor o cumpliendo alguna promesa. Solían hacerlas las abuelas o las madres para que las cumpliesen los nietos o los hijos. Si el niño enfermaba de tosferina se llamaba al médico y se ofrecía a la Virgen para que le curara; si el hijo volvía sano y salvo de la mili, o de la guerra, se prometía que el joven, a la vuelta, llevara un cirio en la procesión; para que alguno de los nuestros saliera de un inminente peligro, de un gran apuro la abuela prometía que el camino, o parte de él, se hiciera descalzo, si no de rodillas. Tremendo. |
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El prometo yo y cumples tú es y era el pan nuestro de cada día. Pero es que lo hacían todas las mujeres del pueblo. La tía Juana y la tía Celerina de Colle, la tía Francisca, la tía Rosa, la tía Felícitas de Llama; todas. Y soy testimonio de su enorme fe. Con qué devoción recitaban el rosario. Todas tenían un nieto o un hijo a quien prometer y si no le decían a la vecina: -“va, que te acompaño”-. Hoy día también se va a las romerías, pero no por fe. Se va en coche, se pasa el día de campo, ¿se visita a la Virgen? Y se acaba en un buen restaurante de los que sirven copa y puro. Ya no se come la frugal merienda debajo de un roble. Yo no he visto milagros, pero sí casos extraordinarios. Y doy fe de que estos relatos son verdaderos. Son historia de nuestros pueblos y de nuestras abuelas, cuando no de nosotros mismos. Y la cuento. |
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UNA ANÉCDOTA. EL TREN DE VIA ESTRECHA. He contado en el recuerdo anterior de las peregrinaciones y promesas, cómo con la abuela Aurora, hice la romería hasta La Virgen del Brezo. Y de aquel día tengo esta anécdota que dice mucho de los trenes, de sus horarios, de sus atrasos, de sus incomodidades en aquellos años de posguerra. Creo que, hasta no hace mucho, aún los más jóvenes lo padecieron y lo padecimos. Y en las ciudades, a veces, los trenes de cercanías tienen sus averías. Antes eran todos, especialmente los de “lejanías”. Aquello era demasiado. Os cuento. |
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Aquella mañana del veintiuno de septiembre, me encontré con un condiscípulo de Taranilla, a quien su madre le hizo cumplir una promesa, la misma que a mí me había hecho cumplir la abuela: dar gracias a la Virgen por el curso aprobado. Terminada la misa, sobre unas piedras y a la sombra de unos chopos, comimos los restos de merienda que quedaban. La cena tocaba hacerla en casa, si había suerte. Las mujeres propusieron la hora de bajada a las dos, dos y media; hasta las cinco que tenía la llegada el tren habría tiempo de sobra. Sin peso en los cestos, cuesta abajo, la inercia nos llevaría sin prisa y sin agobio hasta la estación del tren. |
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Cuando la abuela y la madre del amigo inician el descenso, a nosotros dos se nos ocurre subir a la cruz en aquella peña. Habíamos visto a hileras de personas subir y bajar por la pendiente. “Si está a un paso, si dicen que desde allí el pastor tiró el cayado y fue a parar donde hoy está el santuario, si dicen que se ve un hermoso panorama”. ¿Nos atrevemos? Nos atrevemos. Y les decimos a las mujeres: “ya os alcanzaremos por el camino”. Advierto que no hicimos ninguna promesa previa de subir a la cruz. Pienso ahora que fue cabezonería. |
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Sí, sí. Cuando a la vuelta de la cruz, y después de varios revolcones, estamos a la altura de la explanada, alguien conocido nos advierte: “el tren pasa a las cinco, y ya son las cinco menos cuarto”. Emprendimos la bajada, embalados, a toda pastilla. No respetamos ni “praos”, ni paredes, ni setos, ni presas, ni sembrados de patatas o remolachas. Menos por el camino, bajamos por todos los atajos. No sé lo que tardamos, me gustaría averiguar el récord de aquellos ocho o diez kilómetros hechos por dos rapaces de doce años campo a través, como si fuera cross y acuciados por la hora; pero sí sé que, a pesar de la regañina de mi abuela y de su madre, que desesperadas no nos veían llegar y el susto nuestro porque aquella noche nos veíamos dormir sobre el duro cemento de la estación, todavía llegamos una hora antes que el tren y pudimos conocer con calma el pueblo de Santibáñez de la Peña. El tren llegó con “un poco de retraso”. Os advierto que no nos devolvieron el importe del billete por demora de más de hora y media. Ni nos pidieron disculpas. Ni nadie nos tuvo informados. Encima nosotros agradecidos porque aquella noche dormiríamos en casa sobre cama mullida. Lo merecíamos, después de la noche anterior en la hospedería de peregrinos, de la subida a la cruz ese mismo día, de la carrera a la estación, de haber hecho el viaje en tren sentados en el suelo por falta de maleta. La abuela tuvo mejor suerte, pudo sentarse en el lugar de un joven tan amable y educado como con cara de cansancio y hastío. |
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He de aclarar que aquellos asientos eran bancos de madera que posiblemente hoy no fueran dignos de cualquier parque o plaza de nuestras ciudades y pueblos. Del humo y del hollín que despedían las locomotoras de carbón o leña, mejor no lo comento. Sólo deciros que acabábamos negros. Como tampoco recuerdo el tiempo que tardamos en llegar a la Ercina. Llegamos cuando era noche oscura y a la abuela le dio miedo cruzar la collada. |
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Nos quedamos a dormir en casa de no sé qué familiar. La abuela tenía “familiares”, más bien conocidos y amigos, por todas partes. Como ella era acogedora con cualquiera, a ella la acogían y le daban posada. Así eran los trenes de vía estrecha en aquellos tiempos y así de puntuales nuestros “treneros”. Y sobre todo, así de pacíficos y conformistas los pasajeros de entonces. Claro que los viajeros tampoco teníamos mucha prisa por llegar a tiempo. El tiempo, entonces, sobraba. Más bien, no había el agobio de ahora. Aunque de tanto en tanto se oyera algún reniego. Los jóvenes de hoy dirían “es lo que había”. En esos trenes había hecho el trayecto de Boñar a León dos o tres veces, acompañando a tío Manolo o a mí padre no sé con qué motivo. Y más tarde cuando iba y venía del colegio cada verano. ¡Cómo me gustaba aquel nombre de la estación de Villaquilambre! Y aquel señor con gorra de plato de color rojo y amarillo que tocaba la campanilla y le decía al conductor con una bandera que era la hora de la partida. Mi recuerdo es de fiesta, y cómo se saludaban hombres y mujeres de toda la ribera (se conocían todos) y se preguntaban por el otro pariente que había quedado en casa, si no por la vaca que se habían intercambiado en la feria de las Candelas o del Pilar. Parece que todos éramos de la familia. Y me sentía avergonzado cuando alguien preguntaba descaradamente: “éste, ¿qué número hace, Rufino?” O simplemente le adulaban con el otro socorrido comentario: “cómo ha crecido el chaval”; mientras las mujeres se despojaban del mantón y colocaban la cesta de la merienda debajo de los asientos, y los hombres se quitaban la pelliza para colocarla en el portaequipajes que también era de listones de madera y todos nos soplábamos las uñas para ahuyentar el frío y la escarcha que hasta cubría los débiles cristales del vagón, no digamos los sembrados de remolachas y los “praos” que dejábamos a la vera. No sé si aquellos trenes llevaban calefacción. Como lo viví, lo cuento. |
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El tío Santiago tenía otros quehaceres y no había tiempo para buscar el pan. Se había acabado en el arcón y a mediodía se tenía que comer y le faltaba la hogaza. El tío Santiago no sabía comer el cocido sin pan. Y menos “la ración”. No obstante se las ingeniaba y tenía la solución en casa. |
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Enalbardaba a la burra, le terciaba las alforjas y colocaba a la perra a la grupa. Les daba unas recomendaciones al oído a las dos servidoras, le daba a la burra unas palmaditas, y las ponía el “GPS” hacia Llama. Y sí, sí, en veinte minutos estaban ambas recaderas a la puerta de la panadería. La “Chata” daba dos ladridos y salían Marucha y Aurora a recibirlas y acariciarlas. Un mendrugo de pan para la “Caballa” y otro para la “Chata”, dos o tres hogazas en las alforjas y otra vez el “GPS” y de vuelta a Veneros. Los que veían pasar a los dos inteligentes animales por el Alto del Raposo comentaban: "ya tiene pan para comer el tío Santiago". Parece que una hogaza era para Chela y su familia. Este y otros deberes les mandaba el tío Santiago a la “Caballa” y la “Chata”. Pero si yo quería hablar de la panadería casera. También temprano, aquel día mi madre estaba por la faena. Voy a contar lo que hacía mi madre, pero podíamos aplicárselo a tía Goya, a la tía Anuncia, a tía Martina, a la tía Cándida de Colle, a la tía Carola de Grandoso. Había que hacer la hornada. Un oficio trabajoso y que requería su arte. Pero que era mayor la recompensa. Los ingredientes pocos y sencillos: unos cuantos kilos de harina, bastante agua templada, un poco de “hurmiento”, sal y manos a la obra. En la amasadera (la artesa) se mezclaban con cariño todos estos ingredientes. Se amasaba, vamos. Y cuando la masa estaba a punto se la tapaba con mantas y se la dejaba “dormir”. Hasta que llegaba la hora de hacer los panes era tiempo de encender el fuego. En casa lo solía hacer mi padre. Leña seca de roble o encina al horno. Qué gozo daba ver el dorado resplandor de las llamas dentro de aquella bóveda hueca y cóncava. A veces me imaginaba que el infierno de que hablaba el catecismo y el cura debía ser algo parecido a aquello. Calculada la hora se hacían las hogazas de dos a tres kilos que se colocaban sobre la “trébede”, se las tapaba con las mismas u otras mantas y se las dejaba fermentar. Así, hasta la hora de “enhornar”. |
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Era tiempo de barrer el horno. Con unos enormes escobones se colocaban las ascuas en su boca, y ya estaba listo para ir introduciendo los panes. Uno a uno, con las palas de madera de dos o tres metros, se colocaban en círculos concéntricos hasta que se llenaba. Ahora, a vigilar y esperar a que el pan cociera lo justo, sin que le faltara su punto, sin que se quemara. Ni más, ni menos. Y otra vez con las mismas palas, y sobre todo, con un cariño enorme, con mucho sudor de frente y con una sonrisa de oreja a oreja, la madre iba sacando los panes que colocaba calientes y esponjosos sobre la trébede que les vio fermentar. - No los toquéis que queman- nos advertía. |
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(También hacía unas tortas caseras que, a veces, la madre emborrachaba con vino y azúcar. Dos cucharadas de aquella sopa bastaban para ponernos “piripis”). ¿Cuántas horas duraba todo el proceso de la hornada? No sé. Comenzaban a las siete de la mañana y hasta la una de la tarde no estaba la faena finiquitada. La hornada debía durar quince o veinte días en los arcones que en todas las casas había. Y vigilar que los ratones no hicieran un agujerillo por donde sólo ellos entraban y salían, por menos que te descuidaras. Ah, ese día, además de estorbar, los chavales aprovechábamos. En las brasas que, desde su boca, seguían calentando el horno, nosotros asábamos patatas o cebollas (que no choricillos, como harían ahora). Y qué buenas sabían. Yo lo viví y lo cuento. |
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DE COMEDIAS. Entre los oficios ajenos a aquel recuerdo mío, alguien citó a los comediantes que venían de fuera. Salvador ha contado cómo él había pasado miedo ante una escena del Tenorio que se representaba en el salón de baile del Picón. A mis hermanas les he oído contar repetidamente que habían asistido a represtaciones de comedias en el mismo salón y me cuentan la vida de Manelic en la obra Tierra Baja (Terra Baixa, de Àngel Guimerà). Esta y otras comedias se habían representado en Llama, cuando aquellos pueblos eran un hervidero de gente, de mineros, de mozos, de chavales y chavalas, allá por los años cincuenta del siglo pasado. Y en aquellos tiempos eran representadas por comediantes venidos de fuera. No son recuerdos de mi infancia, aunque sí historia de nuestros pueblos. Pero tengo otros vividos cuando yo era un rapaz relacionado con los comediantes. |
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Como me impactaba cada año la representación de la Navidad, con la venida de los Reyes Magos y todo. Esta se hacía delante de la vieja iglesia. Estoy viendo, como si fuera hoy, llegar a pie hasta el portal de la Iglesia (engalanado con sábanas y mantones, preparado para la ocasión, como si fuera el escenario de una aldea) a la Virgen y a San José pidiendo posada que se les iba negando una y otra vez., no sin que se oyera gritar a algún beato o beata del público contra los hospederos: ¡ingratos! No sé si estos gritos entraban dentro del guión o es que alguien creía vivir en los primeros años del siglo I y se consideraba paisano de San José o, al menos, solidario. |
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Estoy viendo el alambre, que desde la casa parroquial llegaba hasta la iglesia, cruzando la calle, portando la estrella y siguiéndola los Reyes Magos montados en burros (que no en camellos). Aquí sí no sé quién hacía de San José o la Virgen. Y menos de Reyes Magos. Pero sí, eran gentes del pueblo, que nos hacían vibrar. Son otros recuerdos de mi infancia. Y os hablo de hace setenta años. Yo lo viví, y con gusto lo cuento.
Nota primera. Nota segunda. |
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LA MINA, LOS MINEROS. Dedico este recuerdo que se asemeja a un poema, a todos los mineros. ¡Qué pretencioso! Aunque lo hice pensando únicamente en los de mi pueblo. ¡Qué le vamos a hacer! Es para todos ellos. Muy especialmente para mi padre; para mis tíos; para mis primos Fernando, Arturo, Ángel y Floriano; para mis paisanos, Sr. Avelino, Camen y su hermano Argimiro, Aure, Julio, Luís Gaspar, Ovidio y alguno de sus hermanos, Luís, Agustín. Y para tantos y tantos otros. Ayudadme con vuestra memoria y vuestros recuerdos a poner nombre a todos los que fueron y cayeron. Yo (y mis fuentes) citamos solamente a los más allegados, por decirlo así. Sé que hubo muchos, muchos más. De los pueblos vecinos, de los que vinieron de lejos y que dejaron su vida y su salud en las entrañas de nuestro monte. Se me ocurre que allá en lo alto, a la vera de la peña de San Vicente, tenía que erigirse un monumento bien visible, que hiciera justicia a nuestros mineros. Mientras tanto, pido un recuerdo, no un padrenuestro, si no una oración en cristiano, en árabe, en la lengua que sea, que salga de lo más profundo de nuestro corazón; si existe un Ser Supremo conocerá de sobra todas las lenguas y nuestros mejores sentimientos. |
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Amenizo el recuerdo con minifotos de algunos de los mineros que cito. Caben las de vuestros seres queridos. Solo tenéis que mandarlas a Noemi, que ella sabrá colocarlas en su debido lugar, y todos les reconoceremos y honraremos. Y ahora os dejo con mi modesto homenaje a aquellos que nos precedieron. |
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LA MINA. LOS MINEROS. El padre, los tíos, mis paisanos, Arraigaron en el pueblo Os he visto salir del pozo Os he visto salir tristes, Os he visto pasear por las callejas Vuestra vida fue tormento Mi padre, mis tíos, mis paisanos, |
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Rufino |
Fernando |
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| Avelino |
Ángel |
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| Arturo |
Goro |
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| Floriano |
Ovidio |
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Ángel |
Pablo |
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| Aure | Leopoldo y Teodomiro |
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PERSONAJES ENTRAÑABLES. Tenía escrito este recuerdo desde hace meses. No me atrevía a publicarlo por si podía herir la susceptibilidad de alguien. Ahora me atrevo. Después de haber leído recientemente el capítulo dedicado a estas personas (la señora Oliva es su protagonista) en el libro "La memoria del carbón" del escritor Leoncio García Rodríguez, me siento empequeñecido; pero no puedo dejar de agasajarlas en nuestra página de Llama, aunque sea con este minúsculo granito de arena. Ya veis que "mis recuerdos" son pequeñas pinceladas (anécdotas, más bien) de la historia de nuestros pueblos. Y ésta es una de esas historias (puede que una de las más importantes y serias, verídica, real). No soy escritor, tal vez un poco cronista y tengo mucho de atrevimiento. No he hecho entrevista alguna; tampoco investigación. Simplemente son eso: recuerdos, vivencias de mi infancia. Tengo que confesar que en las frecuentes reuniones familiares lejos del terruño hablamos del tiempo, antes de cómo nos iba en el trabajo, ahora de cómo nos va en la jubilación, por supuesto de nuestras propias "goteras". Pero seguro, seguro que acabamos en Llama o Grandoso, hablando del presente y; sobre todo, como buenos abuelos, del pasado. Contamos nuestras "batallitas" y de los que fueron nuestros vecinos, nuestros paisanos. Y nos acordamos de aquellas gentes, de aquellas penurias, de aquellos momentos felices, que de todo había. Me quiero referir en este apartado, con todo el respeto posible y admiración, a unos personajes, que en mi niñez, fueron famosos en Llama y su entorno. Me estoy refiriendo a las "carboneras". Siento que, a veces, tuvieron "mala fama" (hoy diríamos "buena fama") simplemente porque fueron las únicas que supieron y se atrevieron a enfrentarse a la autoridad establecida y a la guardia civil, también de entonces. Habían sufrido en sus carnes y de los suyos la Guerra Civil que tantas cicatrices sin restañar dejó. Sufrieron en sus carnes la persecución de aquella Guardia Civil de posguerra que había llegado a matar sus burros, medio de transporte, de subsistencia para ellas. Hoy serían llevados ante el juez. Son otros tiempos los nuestros; ni más fáciles, ni más difíciles, sí más justos, distintos. Terminada la guerra civil del treinta y seis, los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado fueron de miseria, de hambre, de necesidades. Sobre todo en las ciudades. No tanto en los pueblos de provincia donde casi nunca faltaba un mendrugo de pan, unos fréjoles, unas patatas o un vaso de leche. Aquellos pueblos eran, además, ganaderos y quien más quien menos tenía una vaquilla y un huerto donde sembrar unas legumbres o unas patatas y criar unas gallinas o unos conejos. No faltaba nunca el gocho en la pocilga que proporcionaba las calorías en forma de chorizos, jamones, tocino, y morcillas que alegraban el cocido de cada día. Pero que hubo necesidad, necesidad, os lo aseguro. Por eso existieron los estraperlistas. Gentes, que muchas veces, sí se hicieron ricas incluso abusando de la miseria ajena. Las "carboneras". Las veía pasar muchas mañanas por Grandoso, tras su recua de burros cargados con dos o tres saquillos de carbón, camino de Boñar, donde casa por casa, o por encargo, lo vendían para aumentar de esa forma el exiguo sueldo de sus maridos. Parece que los caminos que recorrían eran infinitos, como los pueblos donde vendían su mercancía. Pasaban puntualmente, de nueve a diez de la mañana hacia abajo y regresaban con los sacos vacíos sobre las dos de la tarde. Quizás con las alforjas llenas de algún encargo que los vecinos las hacían, con unas zapatillas nuevas, y siempre con unas perrillas de más en la exprimida cartera. Con sus rostros felices por el deber cumplido. Otros las habían visto cada tarde llenar sus sacos en las escombreras; donde, entre los deshechos, quedaban piedras de carbón. O bajando a los pozos o entrando en las galerías ya explotadas y abandonadas en el monte, con el peligro que ello suponía. O quizás, sisando algo de las parvas o vagonetas que se ponían a tiro, esquivando a los guardias y a los guardas. En realidad no era sisar algo que no les perteneciera de algún modo. Aquel carbón de las parvas o de las vagonetas estaba allí, gracias al esfuerzo, al sudor de sus maridos, de sus hijos, de sus paisanos. Estaba allí porque salía de las profundidades de su tierra, de su montaña, de su pueblo y de algún modo se lo "llevaba" gente extraña. Los amos, desde sus despachos, bien calentitos, se llevaban la mejor "tajada", mientras la gente del pueblo veía pasar ante sus narices las riquezas de las entrañas de sus montes sangrados, deshechos. Todavía hoy miro esas heridas y me estremezco. Para el pueblo las migajas, si es que llegaban. Lo recuerdo para hacer un canto de alabanza a aquellas mujeres dignas, para mí, de consideración. Las "carboneras" fueron unas mujeres valientes. ¿Las recordáis? Yo sí las recuerdo. |
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ANÉCDOTAS MENORES. Quiero contar algunas anécdotas menos importantes de nuestros pueblos, que forman también, de algún modo, mis recuerdos de infancia y sobre todo, son historia viva de aquellos lejanos tiempos en que la vida corría tranquila, corría despacio y los relojes (si es que los había, ya he dicho en más de una ocasión que en aquellos tiempos nos regíamos por el pitido de San Pedro, a las ocho de la mañana, a las doce del mediodía y a las cuatro de la tarde) no acuciaban a las gentes. Desaconsejo su lectura a los “no amantes” del pueblo, a los que buscan grandes historias y proezas. Doy por sentado que nuestras humildes aldeas no eran escenario de grandes acontecimientos, sí de minúsculos detalles que grandes y pequeños (sobre todo pequeños) vivíamos y hoy recordamos con pasión y con nostalgia. Dejad que os cuente nuestras pequeñas “batallitas”. |
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La nieve. Nevaba en aquellos tiempos. O, por los menos, no teníamos los medios de sacarnos la nieve de encima durante días o semanas. O se “espalaba” o se permanecía en la cocina. Menos mal que en los pueblos, no faltaba en el arcón la hogaza de pan, en la bodega aquel montón de patatas, en la despensa el saco de fréjoles o garbanzos, en la hornera el varal con sus correspondientes ristras de morcillas, chorizos y jamones, sí señor. |
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Pues bien, al calorcillo de la chapa, en más de una ocasión (y ésta es una de las anécdotas, triste y a la vez esplendorosa por el final feliz) había oído que a aquel minero le sacaron a hombros, porque en medio de la blancura perdió el camino; había caído atollado en la cuneta y tuvo la ventura de que alguien le viera en apuros, o su compañero de fatigas tuvo mejor suerte y había llegado a la casa más próxima a pedir auxilio. Y los vecinos habían salido en tropel con palas, mejor armados, y sobre todo con fuerzas suficientes para salvarle. Los mayores que me leéis, podéis poner nombre a aquel minero atollado, o a aquel paisano aterido en la cuneta por el frío, cubierto de nieve. Y salvado. O bien, cómo la pareja de bueyes del tío Vicente, dos o tres veces en invierno, asistieron al coche de línea que no pasaba el Camponicio, o le ayudaron a cruzar Quintaniella. También las parejas de Grandoso hacían de tractor-grúa en el alto de la Cota. Parece que a partir de ahí hasta Boñar y más allá era coser y cantar. Pan comido. Me cuentan que más de una vez, alguien salió de casa para ir a trabajar a la mina de San Pedro o vecinas y a duras penas había llegado a casa del tío Argimiro o, por el Pedregal, a casa de tío Goro, dada la ventisca y el grosor de la nieve. En aquellas frías y desapacibles mañanas la tía Anuncia o tía Martina, ocupadas en hacer la cazuela de sopas para el almuerzo y sabiendo de qué iba la cosa, no quitaban el ojo de la ventana, limpiaban la nieve y el vaho de los cristales empañados y observaban. Hacían entrar al minero hasta la cocina y mientras se calentaba, secaba la mojadura, le convencían de que no era día de mina, de salario, ni de puñetas. Dos horas le habían costado aquel paseíllo de apenas quinientos metros. Me estoy refiriendo a alguien muy próximo, a alguien de la familia. Esto pasaba en aquellos tiempos. Seguro que alguien vive todavía para corroborarlo y contarlo en primera persona. |
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Cuidando las vacas. Los chavales ayudábamos en los quehaceres ordinarios. Sobre todo, cuidábamos las vacas en los “praos” cuando salíamos por la tarde de la escuela. Nos gustaba, recuerdo, con especial simpatía, el tiempo de “sanmiguel”, cuando las propiedades particulares dejaban de serlo y, decíamos, se “andaba todo”. Íbamos con las vacas para Riazo, para la Vega, para Trescasa, para Fresno y desaparecían las sebes, las trancas de las carrileras; por un par de meses, hasta que el ganado se estabulaba por el frío y la nieve, todo era de todos. No había que “aquedar” a las vacas. |
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Nos fastidiaba que algunos labriegos sembraran aquella tierra de remolacha, que algunas vacas espabiladas olían aunque la golosina estuviera en la Loma, a un kilómetro de distancia. Y como se enviciaran mal asunto, de nada servía la “tranca” que le ponían al cuello. Había visto a la “ratina” echársela al hombro y correr por aquellos caminos y senderos en busca del apetitoso manjar. Era entonces, en aquellas tardes medio desapacibles del otoño, cuando los chavales nos juntábamos en grupo y jugábamos a la “luche”, a los “petos” consistente en clavar una estaca con toda nuestra fuerza al lado de la del vecino cuidando de que no cayera, pues pasaríamos un turno viendo cómo el “enemigo” se ensañaba contra nuestra estaquilla (definición de Spectante). En los días más fríos y crudos hacíamos lumbre al resguardo de un ribazo o de una pared. Y al rescoldo de las brasas asábamos patatas. Así como nos fastidiaba la tierra sembrada de remolacha, tentación para el ganado, nos encantaban las tierras sembradas de patatas, tentación para los críos. Siempre había una a mano, y era de alguno de los zagales con los que compartíamos trabajo, juego, frío, y a veces, hambre. Y si no era, mejor. Durmiendo las gallinas. |
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Antes sí. Hasta hace bien poco cada casa tenía su gallinero y su docena de gallinas ponedoras. Mucho más cuando yo era un chaval. Las gallinas se levantaban al alba y se entretenían alrededor de la casa hasta la hora del desayuno que la dueña les daba una o dos horas después. Momento que aprovechaban las mujeres para saber si tenían huevo poniéndoles el dedo en cierta sálvese qué parte. Ésta cacareará a media mañana, se decían. Porque la gallina es fanfarrona de por sí y anuncia que ha puesto un huevo, dónde y cuándo. |
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A partir del desayuno las aves se escampaban por doquier. En Llama subían al Torcidiello y hasta lo alto de la Mata; en Colle hasta el Apartadero y Fresno, o a lo alto de la iglesia; en Grandoso hasta más allá del cementerio en el barrio de abajo, o en el de arriba hasta le ermita de la Encarnación. Siempre escarbando en el sembrado ajeno y dejando las plumas en el prado más próximo, con el consiguiente disgusto del amo. Por detrás de la escuela de Llama y Colle campaban, entre otras, las gallinas de Teodora, y éstas eran la tentación de los chavales. Unas migas de pan bastaban para que vinieran casi a la mano. Las cogían, las metían la cabeza bajo el ala, las daban dos meneos y suavemente las colocaban en el suelo y a “dormir”. Las pobres gallinas pensaban que había llegado la hora del atardecer y del palo en el gallinero. Teodora las echaba en falta a la hora de la cena. Imposible que no oyeran el “pita, pita”. ¡Si bajaban volando desde la peña de San Vicente! “Ya me las han dormido los de siempre”, decía malhumorada. Y los de siempre solían ser, entre otros, Mino y Marcelino. Yo lo viví, yo lo cuento. |
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HISTORIA DEL PASADO. Como veréis, los que tenéis a bien leer estos comentarios, el de hoy no forma parte de “mis recuerdos” de infancia. Esta historia sucedió a principios del siglo pasado. Nada menos que hace cien años. Pero tantas veces la he escuchado que casi me parece haberla vivido. Internamente, me siento protagonista. Protagonista pasivo viendo y riéndome con las escenas de otras épocas. El abuelo tuvo unos cuantos hijos; vaya, que eran familia numerosa, como casi todas las familias de entonces. Y uno de esos vástagos le salió extremamente travieso, “atravesado”, decía él. Yo diría más bien “arriesgado”, “espabilado”, valiente para aquellos tiempos; que con la cuadrilla hacía sus fechorías. A veces se pasaba. Como nos hemos pasado todos alguna vez. ¿O no? Tira la primera piedra, si te atreves. |
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Había en el lugar una poza, laguna decíamos, de unos cincuenta por cincuenta metros, no más; pequeña, fangosa y con agua de lluvia en primavera y casi seca en verano. ¡Qué cosa! Ya no queda ninguna poza y las fuentes parece que se van secando. Yo la conocí; estaba a diez metros de lo que hoy es casa de Álvaro; al otro lado de la carretera vieja de lo que entonces era el Casarón, hoy casa de Humildad, donde pastaban con frecuencia las vacas que yo y mi perro cuidábamos. Aquel día sí tenía agua y mucho fango. La burra del tío Benito comía pacíficamente la hierba alrededor de la charca, cuando fue avistada por los desaprensivos rapaces que tuvieron la idea macabra: instigaron, empujaron al animal hasta medio del lodazal donde quedó “estacada”, atollada, de tal manera que no había modo de rescatarla. |
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Por aquellos años la escuela estaba regentada por un maestro de pueblo, pueblo; y que además era del pueblo o por lo menos allí murió con muchos años. Como era la hora del recreo se acercó Don Maximino, avisado por el primer soplón, pues la escuela quedaba a cuatro pasos, y era hora de recreo. Se acercaron también los vecinos más próximos y entre todos encontraron la solución, por llamarla así. Parece que el maestro sabía lo suyo de Matemáticas, de Gramática y de Historia (los demás, ni siquiera eso) y poco de rescatar a un cautivo. |
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Uncen una pareja de vacas, atan al pescuezo de la burra una soga y el otro extremo al yugo de la yunta y consiguen lo previsible en estos casos: “esgañar”, ahorcar a la pobre acémila. Susto de todos y no sé si arrepentimiento de los chavales. La cual cosa no podía quedar así. El tío Benito pidió indemnización, que tenían que pagar a escote los cuatro o cinco padres de los malandrines causantes del “burricidio”, cuando era el maestro quien debía pedir perdón “de rodillas, con los brazos en cruz y dos ladrillos en cada mano”, por no saber que a un animal con la soga al cuello fácilmente se le ahorca, no se le salva (se justificaban los mozuelos). Pobre don Maximino, no merecía castigo tan grande, a pesar de que él lo pusiera más de una vez, respaldado por los mismos padres de los supuestos estudiantes. Merecía más bien un monumento en la plaza de la escuela, al lado del caño, por lidiar con aquella pandilla de gamberros. |
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Ah, no acaba aquí la historia. No sé cómo reaccionaron los demás padres, sí cómo lo hizo el abuelo. -Mañana temprano vas al Soto y cortas y me traes una vara de “salguera”. La tienes en casa a la hora de comer. El chaval que se olió lo que le vendría encima, hizo oídos sordos. La orden se repitió para la cena con el mismo resultado. Siempre había una excusa. Sí tuvo efecto el tercer día y al tercer ultimátum. A la hora de comer se presentó el rapaz con la vara, pero de quince centímetros de larga. No era apta para el fin que se había propuesto el abuelo. Las risas de la abuela descompusieron al marido ya más apaciguado y consciente que tenía que pagar las costas del rescate y ahorcamiento de la cabalgadura al tío Benito. El abuelo logró enviar a su díscolo hijo a los frailes para que le “domaran” y enseñaran a leer y escribir al menos. Su hijo aceptó la vocación de marista y murió santamente a los noventa y tantos años. Éste fue mi tío Cándido. Y añado de mi cosecha. Me imagino que por la edad, no muy lejos, andaría el hermano Demetrio (“tío-abuelo” de Trotamundos) a quien el tío Patricio también envió a los frailes para que le “domaran”. Y a la verdad que fueron domados. Y el tío Patricio tendría que pagar su parte alícuota. O no. Me lo contaron, con mucho gusto lo cuento. |
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¿Y las mujeres? Ah, las mujeres y las mozas (también los chavales) llevábamos el almuerzo al marido, al padre o al hermano y comenzábamos a hacer las gavillas. ¡Con qué garbo lo hacían las mujeres! Si hasta protegidas con su pañuelo a la cabeza y su sombrero de paja para que el sol no las pusiera morenas, se atrevían algunas con una jota leonesa: “Dos cosas tiene Boñar…” o “Los titos de Corniero…”, que resonaba por toda la campiña y hacían que los segadores interrumpieran el zis zas de las guadañas y escucharan embelesados aquella jota mientras aprovechaban para liar un cigarrillo. |
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Nunca faltaba algún silbido, algún piropo más o menos atrevido y subido, que la “diva” del momento aceptaba complacida, como los aplausos. En aquel ambiente, la jota no se bailaba. El baile quedaba reservado para el domingo por la tarde, delante de la escuela, alrededor del viejo caño. Una simple dulzaina y un tambor en manos de algún mozo del pueblo o venido de fuera eran suficientes para sacar las notas de la jota más pintada. Dos horas de pasodobles y tangos que acababan con la inevitable jota. Si hasta había premio para la mejor pareja de “bailaores”, aunque no fuera más que la honrilla. |
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Sigo, seguimos recordando (continuaba con añoranza mi interlocutor), aquellos momentos: el cantar de la jota, la música de la guadaña, el reclamo de la perdiz y codorniz a las que descubrían el escondite y la nidada; y la felicidad de los hombres que bajo la frente humedecida por el sudor dibujaban una enorme sonrisa, porque la cosecha de aquel año parecía que era buena. Merecían la pena los trabajos de la arada y de la siembra, los sudores y fatigas del año. Y los miedos al pedrisco. |
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Del acarreo hasta las eras y de la trilla ya os hablé en un recuerdo anterior, pero os aseguro, que también de cuando en cuando, se oía en la era alguna jota o cancioncilla a pesar del sol que caía a plomo sobre la parva, sobre el trillo, sobre la yunta, sobre la que trillaba y cantaba. Lo vivimos y lo recordamos. |
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¿Un recuerdo? Muchos recuerdos. ¿Una añoranza? Muchas añoranzas. Lo raro no es que escriba estos cuatro versos que se parecen a algo así como a “quintillas”. Lo raro es que tenga el atrevimiento de colgarlo en esta página para que otros lo lean o lo “padezcan”. Os digo que lo hago con todo el respeto, con todo el cariño, pensando en los pueblos que nos vieron nacer a mí y a muchos, que nos vieron crecer, que nos vieron partir a tierras más o menos lejanas; que nos reciben, me parece, con los brazos abiertos siempre que regresamos. Lo escribo pensando en los que se quedaron más bien. En los que vivieron, trabajaron y murieron; y hoy descansan en sus cementerios; en los que aún viven y siguen mirando a la Peña de la Cruz. Y recuerdan, y añoran. |
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A MIS GENTES. A MIS PUEBLOS. Cantad bien fuerte, soñando Soñad felices cantando Visteis partir a tus hijos |
Labradores fuertes, rudos Os veo blandiendo la aijada Ganaderos rudos, fuertes, |
Minero altivo de antaño Vestidas con sayas negras Hombres vestidos de pana, |
Vuestras casas solariegas, Hoy son humildes testigos Seguiréis mirando al campo Miraréis al norte siempre |
Llama de Colle, Grandoso, |
Ezequiel |
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ME DESPIDO. No sé si con estos desmañados comentarios habré dado en el clavo. Sólo pretendo recordar pedacitos de historia de mi pueblo, de Llama, de los años cuarenta del siglo pasado. Si a los mayores les sirve de recuerdo y satisfacción, yo también me doy por satisfecho y pagado. Si a los más jóvenes les ha picado la curiosidad, pregunten a sus abuelos, a sus mayores, que sabrán contarles las “batallitas” mejor que yo. Aunque no siempre son “batallitas”, sino realidades. Ha sido un placer. Animo a otros a contar sus experiencias de los años cincuenta, sesenta o setenta tal como las han vivido y las recuerdan. La historia la hacemos todos y todos podemos contarla. Ezequiel |
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Recuerdos, recuerdos, recuerdos. Recuerdo que fuisteis pueblos Hombres recios, Pueblos amigos. Mis recuerdos son también para la escuela, Pueblos de labriegos, Recuerdo vuestras fiestas veraniegas, San Ramón en Colle y Llama Tierra dura de planicie, Recuerdos, recuerdos, recuerdos. Ezequiel |