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Mis recuerdos

 

Este apartado se ha creado gracias a los "recuerdos" de mi tío Ezequiel Hompanera. Aquí los dejo.

 

 

 

 

MIS RECUERDOS.

Me presento:

No soy nacido en Llama. Pero sí muy cerca; porque al lado está Grandoso, mi pueblo natal, del que no reniego. Es la patria chica de mis ancestros.

Mi otro pueblo es Llama, de donde era mi padre y donde se radicaron definitivamente cuando yo apenas cumplía los cuatro o cinco años.

De los dos tengo mis recuerdos infantiles. Contaré algunos de Llama si me permiten. Los llamaré Primero, Segundo, Tercero... No por su importancia, sino porque sí.

 

 

 

RECUERDO PRIMERO.

LA MINA.

En Llama, hasta los años l970, hubo minas de carbón. Los pozos de San Pedro (el más importante), de Ma. Antonia, la mina que decían de los Caballero, Malaquías y otras…

Acompañé a mi padre en ocasiones o le llevé la comida, de la mano de mi madre, hasta la boca de la mina. Y veía de cerca aquellos mineros  en su salsa, en su tajo. Tiznados de negro de pies a cabeza, donde resaltaban sus brillantes ojos y sus dientes, tal vez, blancos.

Así los había visto pasar cientos de veces por Grandoso arrastrando sus madreñas o sus pesadas bicicletas, y detenerse en la cantina de tío Santiago, donde se dejaban en vino “fiado” un pequeño pellizco de su menguado sueldo.

 
 

Primeros del concurso de entibadores. Mino y Fernando.

La mayoría se quedaban en Llama y sus Cuarteles, en Colle, en Veneros, subían a Felechas y hasta Vozmediano. Los había que pasaban la montaña por la collada de Sobrepeña o bien seguían la senda de los baldes que portaban el carbón hasta la estación ferroviaria de La Losilla, hacia sus pueblos de las Arrimadas. Llegaron a emplear aquellas minas a más de trescientos obreros.  Y solo Llama me dicen, superó aquellos años, los doscientos cincuenta habitantes.

Los veía pasar por Grandoso camino de sus hogares, quizás, no para descansar, sino para recoger la yunta y el arado, la azada o la guadaña y hacer alguna faena de labradores. Que también los había.

Todo esto no son sueños. Son recuerdos, realidades. Así era la vida de mis padres, de mis tíos, de mis paisanos y yo lo recuerdo.

 
   

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RECUERDO SEGUNDO.

LA MINA (II).

Dije que en Llama, hasta los años setenta del siglo pasado, hubo minas de carbón.

Oíamos la sirena (el pito) cada mañana a las ocho, a las doce del mediodía, a las cuatro de la tarde. No era más que un signo de vida, de actividad.

No había apenas relojes, ni radio. Por aquel pitido enorme resonando en el valle, se guiaban las mujeres en sus quehaceres domésticos y los labradores que cultivaban los campos o simplemente pastaban sus ganados.

Aquel pitido... A veces, sonaba a deshora. Mala señal. Algo dramático pasaba allá abajo.

Corríamos todos. Las mujeres, las hermanas, las novias, los mineros que no estaban de turno... Y la noticia corría como la pólvora: se ha desprendido una vagoneta, se hundió una galería, hubo una explosión de grisú.

 

 

¿Las consecuencias? Uno, dos, tres... mineros sepultados. Muertos.

Son vivencias trágicas de mi infancia.

Muchos accidentes mortales de gente joven, de gente con ganas de vivir.

Unos acabaron allí sepultados, y todos, todos con secuelas de por vida. Recuerdo ya más tarde, el difícil jadear del primo Floriano, el cansancio crónico del primo Ángel, por citar sólo dos casos. Sus pulmones quedaron malheridos. Hubo y hay todavía muchos padeciendo la terrible silicosis.

Y yo lo recuerdo.

 
El minero Floriano
 
   

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RECUERDO TERCERO.

EL CAMPO.

       
La trilla

Repito que en Llama hubo minas de carbón. Aquello fue efímero. Lo de siempre fue la agricultura, a pesar de que la tierra arcillosa y pedregosa no daba para mucho. Y la ganadería, eso sí, aprovechando las vegas de regadío y las "vallinas "del monte Palacio. 

Recuerdo especialmente los veranos y sus dos faenes esenciales, diferenciadas: la recogida de la hierba y la trilla.

La hierba la segaban los hombres a guadaña, que quiere decir a puro músculo, en el mes de julio. Para las mujeres quedaba el extenderla y darle vuelta hasta que se secaba. Para todos el acarreo hasta el pajar.

Me veo delante del carro y la pareja de vacas, cuidando que no se movieran y espantando los dichosos tábanos que las mortificaban. Y admirando cómo, horcada a horcada, se iba llenando el carro y cómo, el que estaba arriba, se ufanaba de lo bien que lo hacía. No había concursos ni premios, pero sí "piques" entre los labriegos por ver quién llevaba el carro más "cuadrado".

Trilla. Barriendo la era.
 
Recogida de la hierba

Y la trilla. Tengo vaga idea infantil de la siega a guadaña o con hoz. Sí de la trilla propiamente dicha. Cinco o seis horas de pasar el trillo machaconamente sobre la paja, hasta molerla y separar el grano. Me tocaba sentarme en el trillo: no para guiar a las vacas, que ya sabían el oficio, sino para que vieran que alguien estaba allí y no valía pararse ni a comer.

Ah. Y tener cuidado de recoger la boñiga antes de llegar al suelo. Les adelanto que nunca, nunca llegaba a tiempo: con la consiguiente regañina del abuelo Froilán, o del padre, o del que fuera.

Son vivencias y yo las recuerdo.

La trilla. Anuncia.
 

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RECUERDO CUARTO (I).

LA FIESTA.

La fiesta. La fiesta era el súmmum. Llama y Colle en aquella época eran una misma cosa. No sé si en todo. Pero al menos el día de la fiesta de San Ramón, el 31 de Agosto sí.

 
 

El baile. Tere.

 

Son muchos los recuerdos infantiles que se amontonan en mi cabeza.

No había programas escritos: todo el mundo los conocía de memoria: el del año pasado, el del otro.

A las doce Misa Solemne, cantada en latín por el tío Vicente, el Sr. Francisco y otros. Y la procesión del Santo, precedida de aquel pendón, que a mí me parecía enorme. Casi todos estábamos allí, en la ermita, cantando su himno…”San Ramón Nonato y guía...”, mientras retumbaban los cohetes en el cielo.

Acto seguido el vinillo en la cantina del tío Leonés y la comilona en casa.

Días antes se había matado el cordero y el día de la fiesta se yantaba guisado o asado. Pero siempre sabroso.

No cabíamos en el comedor; venían los tíos y primos de Grandoso, sobre todo. Hasta los primos de la abuela Aurora de Palacio.

No importaba. Se habilitaba el pasillo y la cocina para los más jóvenes. El día de la fiesta no faltaba ni el postre, ni las galletas de la madre, ni el mazapán, ni el café para todos, ni la copa y el puro para los mayores. ¡Qué delicia!!!

Y lo principal: el baile con todo los que llevaba consigo. He de aclarar que comenzaba antes de las CINCO DE LA TARDE. Primer día en los Quiñones. Segundo, la matinal y la tarde en la Requejada. Tercer día (de los casados) otra vez en los Quiñones.

Venía una orquesta de tres o cuatro músicos: el que tocaba el tambor, el bombo y los platillos, el del acordeón y puede que hubiera alguna trompeta. Para pasar cuatro o cinco horas bailando tangos, pasodobles, jotas o “el agarrao”, era suficiente.

Ensimismado, mirándoles, soñaba hacer algún día aquel prodigio de música.

 
  El baile. Asun.    

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RECUERDO CUARTO (y II).

LA FIESTA (II).

Al tiempo que la música sonaba, se organizaban otros eventos. Para los más pequeños la “corrida de sacos” o la “gallina ciega”. Qué emoción cuando lográbamos romper la olla de barro y ver volar por el aire caramelos y chuches y por los suelos la chiquillería.

Para los chavalotes la “corrida de burros”. Pobres animales; los palos que recibían para hacerles correr y que sus monturas no acertaran con las cintas que pendían de una cuerda.

Los platos fuertes eran, sin embargo, la “luche”, (no existía la lucha leonesa con sus reglas estrictas, sus federaciones y sus restricciones) y los bolos (también de antaño) y el fútbol de hoy.

La “luche”. Comenzábamos los más pequeños para seguir ascendiendo por “categorías” de edad hasta acabar por los más forzudos o mañosos. Todo en el mismo corro, todos contra todos, pueblo contra pueblo. Y el premio solía ser de cinco duros (quince céntimos de euro) y una caja de puros.

También había concurso de bolos individuales y por parejas. Se podía armar un castro en cualquier rincón. No conocíamos las restricciones que hubo más tarde cuando ya eran famosos los primos Zacarías y Manolo.

 

Los premios de aquellos concursos de bolos eran un poco más espléndidos: un cordero, un par de pollos.

Y el partido de fútbol. No estoy seguro que estos partidos se celebraran el día de San Ramón. Pero sí los he visto en alguna fecha. Llama y Colle contra Olleros, contra Sabero, contra Boñar. Y no siempre salían malparados.

Qué ilusionados los días antes a la fiesta y ¡qué nostalgia los posteriores! Y pensábamos en el año que viene.

Todo esto son realidades y yo las recuerdo
Juegos.
   

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RECUERDO QUINTO.

LA IGLESIA.

Las campanas de la iglesia sonaban con frecuencia. Eran como el “despertador” del pueblo. Tocaban, por supuesto, para llamar a los actos religiosos. Tocaban a muerto.

 
Campanario

Tocaban a “hacendera” cuando había que reparar un camino o desembozar una presa.

Ese día tocaron a “rebato”. Algún desastre ocurría en el pueblo. Pues sí. La casa de tío Segundo ardía. Era verano; yo contemplaba tembloroso, la columna de humo negro desde casa del Sr. Enrique, las llamas devastadoras.

Vi, cómo la gente llegaba y formaba una cadena humana desde la presa próxima. Parecía una noria con sus cangilones. Los calderos iban y venían, descargando el agua sobre el fuego. Creo que el resultado no fue satisfactorio en absoluto. Lo que sí considero ahora encomiable es la SOLIDARIDAD de aquellas gentes del pueblo.

Yo lo viví y lo recuerdo.  

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RECUERDO SEXTO.

LA ESCUELA.

Pensaba no incluir en estos “recuerdos” mis primeros pasos por la escuela. Son vivencias de Grandoso, no de Llama.

No obstante, creo que lo que cuente es aplicable a Grandoso, Llama y Colle, Felechas o Vozmediano. Todas las escuelas de aquellos años eran  iguales o parecidas.   

 

Asun y Tere.

A los seis años cumplidos comenzábamos la “escuela”. Y a los catorce justos la dejábamos. No importaba ni el día ni el mes del cumpleaños.  

Los primeros días no eran de lloros y rabietas, pues íbamos de la mano de los hermanos mayores o de los primos. Además en el pueblo y en la escuela nos conocíamos todos. Desde los más viejos, como el tío Martín pegado a su inseparable cachimba (todavía le imagino en el portal haciendo “tarucos” para las madreñas),  hasta los más pequeños, como yo, o Emilio (mi inseparable amigo de infancia) al que no veo desde entonces. ¡Qué lástima!  La vida nos ha llevado por distintos caminos.   

Sí me impresionó aquella sala tan “grande”, presidida por un crucifijo allá en lo alto y, a su lado, el retrato de un  señor con bigote, fajín y medallas en el pecho, a quien mi hermano Tasi confundió con el peón caminero que arreglaba los profundos baches de la carretera. Este también se apellidaba Franco. 

Pues bien, seguramente de la escuela recordamos, sobre todo, los “reglazos”, los ratos pasados de rodillas cumpliendo algún castigo “inmerecido”. Castigos aplaudidos por los padres generalmente, que daban siempre la razón al maestro.

Por mi parte quiero resaltar el valor de aquellos maestros y maestras.  Pienso que a la postre eran unos santos. No tenían D. Florencio y Dña. Pura la culpa del estrés, de los nervios. Era culpa del sistema educativo de hace sesenta años.

Cuni y Jose.

Y si no, pongámonos en su piel. Ellos solos ante el peligro que representaban cuarenta, cincuenta o sesenta chavales y chavalas de seis a catorce años. Bastante tenían con mantenernos en orden y en silencio.

Creo que sabían ingeniárselas. Enseñaban algo de Gramática, Matemáticas, Geografía, Historia a los mayores y éstos, enseñaban a leer y  escribir a los más pequeños. Yo aprendí las primeras letras gracias a la paciencia de la prima Humildad.

Al final acabábamos sabiendo (más o menos) el contenido de aquellas enciclopedias que englobaban todas las materias y muchas más. Y orgullosos de cumplir los catorce años. Ya no necesitábamos aprender más. Ya éramos unos HOMBRES y MUJERES. El resto nos lo iría enseñando el devenir de la vida, con sus latigazos y “caricias”.

Yo lo viví y lo recuerdo.

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RECUERDO SÉPTIMO.

EL AGUA.

Llama es un  pueblo agraciado en agua. Con su pequeño “río” se riega la Vega, Riazo, la Loma.  Pero faltaba el agua en las casas. Faltaba la “traída”. Ni siquiera el pueblo (me duele decirlo) tenía un  caño para abrevadero del ganado. Bastaba el río.

El agua en aquellos tiempos se iba a buscar a la fuente, caldero a caldero. Normalmente era faena de mujeres, aunque los críos también colaborábamos. Cuántos viajes de ida y vuelta y qué pronto se agotaba. No había caño y la fuente quedaba muy a desmano. Casi escondida en una senda, entre unos matorrales.

Al menos en Grandoso, lo estoy viendo ahora, las mozas iban al caño al oscurecer, donde se contaban “sus cosas” o flirteaban con los mozos que conocían la hora. Cuántos noviazgos y matrimonios tuvieron su primera chispa al runrún del agua.

Por supuesto, tampoco había lavadoras. ¡Qué quimera! Esto, en ninguna parte. 

 

Asun.


Y las mujeres cargaban con  el balde de la colada camino del río. Cada una hacía su propio lavadero en una “poza”, con una “lágana” o una tabla más o menos preparada. Invierno y verano, primavera y otoño. Con frío y con calor. Yo vi a mi madre y mis tías romper el hielo de la orilla; las vi ateridas, con las manos rugosas y descoloridas que les dejaba el agua helada. No sabían qué era hacer una colada de agua caliente.

Todo se hacía a la temperatura del tiempo. Y qué tiempo.

Me contaron más tarde, los saltos que daba la madre cuando abrieron el pozo en la era y vio que el agua, a través de tubos y ayudada por una bomba manual, llegaba a la fregadera. Adiós calderos, adiós viajes a la fuente, adiós otra faena ingrata. La mayoría de las casas en el pueblo llegó a tener su propio pozo. Significa que el subsuelo es rico en agua.

Mas tarde llegó el agua de la traída y se normalizó la cosa. No del todo, porque hay veranos que escasea. Cosa de las lechugas y del césped. Ya se puede lavar con programas de agua caliente y fría. Ya no es necesario romper el hielo en la orilla del río.

Yo lo viví y lo recuerdo.

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RECUERDO OCTAVO.

LA MATANZA.

Decían ya los abuelos que el cerdo era el animal del que se aprovechaba todo. Un amigo mío dice que del cerdo le gustan hasta los “andares”.

Hasta no hace mucho, uno de los acontecimientos del año en los pueblos, y en Llama por tanto, era la “matanza del gocho”.

Emocionado, veo salir parsimoniosamente al animal del cubil, animado con familiares palmaditas del amo sobre el lomo, guiado cariñosamente hasta el “patíbulo”. Allí le cogían desprevenido, cuatro o cinco forzudos (porque venían los primos y los tíos en ayuda) por las orejas y las patas y le tendían en el “banco”. Yo le sujetaba por el rabo.

 

Inmovilizado, pateando, gruñendo a grito pelado, como si se despidiera del pueblo, era sacrificado. El más hábil le clavaba el cuchillo, mientras el ama de casa recogía la  sangre que caía a borbotones en una cazuela, cuidando de batirla para que no coagulara. Se necesitaba líquida para hacer las morcillas.

Seguía lo que a mí más me agradaba. Con manojos de paja de centeno sin trillar se le chamuscaba y, con agua casi hirviendo, ayudados de gruesos cepillos o simplemente con trozos de teja, se le pelaba hasta dejarlo limpio y blanco como la nieve que a veces caía. 

Matanza. Vitorino, Cuni, Gundi, Tio Goro.
 

Para mí ya había acabado casi todo. No miraba cómo le abrían en canal, le extraían las asaduras que las mujeres recogían en un balde y se iban a lavarlas al río.

Los hombres  terminaban la faena de aquel día colgando al cerdo, entero e inerte, en un lugar fresco de la casa. No se necesitaba buscar mucho en aquellos días de noviembre o diciembre.

¡Ah! Venía un señor de Boñar para recoger una muestra. Dicen que se llevaba  la mejor tajada de lomo, para examinar si estaba libre de triquinosis y era apto para el consumo.

Matanza. Rosi, Tia Goya, Segis, Ángel y Arturo.
 

Aquel día se comía en familia probando ya los primeros sabores del cerdo.

Por la tarde se hacían las morcillas caseras. Los días siguientes se descuartizaba (se “estazaba”). Se preparaban los jamones para su curación. Se hacían los chorizos caseros que ahumados en aquellos hornos durante meses tomaban ese sabor típico de los chorizos de León, o al menos de mi tierra.

Yo lo viví y lo recuerdo.

 

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RECUERDO NOVENO.

EL ABUELO.

Los inviernos de entonces eran largos. Las noches también. A las cinco de la tarde era noche cerrada. Y fuera de casa nevaba, helaba.  Así que nos refugiábamos en la cocina, al calor de la lumbre.

Jugábamos, saltábamos, para desespero de la abuela. A veces hacíamos los “deberes de la escuela”-

El abuelo se presentaba sobre las ocho, después del ordeño y de haber dejado aviadas a las tres o cuatro vaquitas que tenía en la cuadra y al burro. Casi siempre le acompañaba yo en estos menesteres. Con diez o doce años me atrevía a ordeñar aquella vaca que decíamos “bonita”.

Llegábamos a la cocina, colaban la leche, nos lavábamos las manos en la fregadera y mi abuelo cogía el rosario que colgaba de un clavo de la ventana y todos a rezar.

Aquel repetir de salves y avemarías, con sus letanías, cos sus padrenuestros por las animas de los difuntos, con sus oraciones a San Antonio por la oveja perdida, con sus credos y salves a mi me parecía interminable.

Seguía la frugal cena: unas patatas cocidas, unos fréjoles, unas sopas de ajo y un vaso de leche recién ordeñada.

Quedaba tiempo todavía antes de ir a la cama. Tampoco había que madrugar, amanecía tarde.

Como no había tele, me gustaba oír cuentos más o menos verosímiles, las “batallitas” típicas de los abuelos, o la historia real de su vida.

El abuelo había sido carretero (sin derecho a huelga) en sus años mozos. Transportista dicen ahora. 

Con su pareja de bueyes y su carro hacía el trayecto del pueblo a León y de León al pueblo en cuatro días y por seis reales de los de entonces, portando carbón de ida y “género” (alpargatas, zapatos, telas, cazuelas, madreñas… que le encargaban los tenderos de Boñar) de vuelta.  Por aquellos caminos pedregosos, enfangados, “caminos muertos”, sentenciaba el abuelo.

Hacían noche a medio trayecto, casi siempre en Ambasaguas. En esas paradas, a veces, sucedía lo menos pensado. Se juntaban, como es lógico, unos cuantos carreteros, se hacían sus apuestas, se alababan sus yuntas de bueyes y sus carros, se jugaba a las cartas y se bebía vino.

 
Asun, el abuelo Froilán y Tere.

-No sabíamos cómo (corroboraba la abuela), habiendo salido con una pareja de bueyes cárdenos, volvía con otra de color negro. Había vendido melenas, yugo, bueyes y carro y regresaba con  otros, decía, “mejores”. –Tu abuelo, me decía él, siempre salía ganando.

Hasta el próximo viaje.

En honor a mi abuelo he de decir que a pesar de haber sido carretero y tener, éstos, fama de malhablados, nunca le había oído decir “reniegos”. “Me cagüen sos” era su palabra más malsonante. Tal vez por eso le llamaban el “tío Sos”.

Así pasábamos las largas horas de la noche. O bien jugando a la brisca, o simplemente durmiendo en el escaño.

Yo lo recuerdo.
 
Froilán y Tere.

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RECUERDO DÉCIMO.

LA NIEVE.

Normalmente mis visitas a Llama suelen ser en verano. Cuando falta el agua y sobra el calor. Aunque no siempre. He pasado frío en Agosto.

Esta vez la visita fue en primavera. Los días ya son largos, los campos van adquiriendo poco a poco ese aspecto de frondosidad y lozanía que ofrecen prados y montañas en esta época y en esta tierra.

Pero siempre en estas tierras hay sorpresas, o a mí me parecen. 

Ese día, a las seis de la mañana, cuando aún gozaba del calor de las mantas, me despierta un toquecillo en la puerta de la habitación y una voz ronca, recién salida del más profundo sueño, que me anuncia.

 
Nieve.

- Hermano, asómate a la ventana y verás algo maravilloso.

Efectivamente, una maravilla era para mí aquel espectáculo. Mi coche en el corral desaparecido bajo un palmo de nieve.

Aquel manto blanco de nieve me trajo a la memoria los inviernos de mi infancia. Entonces sí nevaba con ganas. Nevadas, nevadas de padre y señor mío. Quien diga que no hay cambio climático, miente.

En ocasiones permanecíamos aislados dos o tres semanas. No había tractores ni máquinas quitanieves. Los hombres se armaban con palas untadas de grasa o tocino, para que la nieve no se pegara, y abrían senderos por lo menos hasta la puerta del vecino por si tenían que auxiliarse con un poquito de sal (decían ellos).

Y para que las vacas pudieran salir del establo a beber agua en el caño, en el río o en las “pozas”.

Para los más pequeños era una gozada. Adiós  escuela  por unos días; bienvenidas las mojaduras, los muñecos de nieve que hacíamos en lugares estratégicos, con su bufanda, con su pipa, con  su narizota de remolacha.

A pasarlo “bomba” los pequeños y a renegar los mayores de aquel tiempo infernal. Por unos días, además, ni cartero, ni coche de línea. Aislados.

Yo lo recuerdo.

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RECUERDO UNDÉCIMO.

LOS JUEGOS.

Cuando veo a los niños de hoy rememoro mi niñez. ¡Qué diferencia! La noche y el día. De la máxima carencia a la más absoluta abundancia. Me explico.

No conocíamos a Papá Noel. El Niño Jesús no hacía regalos, más bien los recibía en forma de villancicos.

Los Reyes, sí. Nos traían una bolsa con una naranja, una manzana, unas nueces, unos higos, un trozo de turrón y unos escarpines. Menos éstos, todo lo demás, creo, iba a parar al frutero común. 

Guillermo, Anuncia y Milagritos.

 

Los padrinos solían regalarnos una o dos pesetas.

Y fuera de Reyes había pocos motivos (tampoco dinero) para hacer regalos. Si acaso el día del cumpleaños nos hacían la “cuelga”. Y el padre o el abuelo traían  unos caramelos o unas avellanas cuando bajaban a Boñar.

El único juguete y del que tengo un amargo recuerdo es un caballo de cartón  que trajo a casa tío Manolo. Duró unas horas: las que necesitó mi hermano Mino para abrirle en canal y ver qué tenía dentro. Estaba vacío, nos quedamos sin caballo y con lágrimas en los ojos.

Los juguetes los fabricábamos nosotros con la ayuda de los mayores. “Trenes” con latas de sardinas arrastrados por una cuerda imitando las vagonetas de la mina. El “aro” de hierro que guiábamos con maestría ayudados de un gancho de grueso alambre.

Pasábamos el tiempo imaginando mundos. Eso sí, como los niños de ahora, o más.

Llegados a la escuela y un poco mayorcitos había otros “divertimentos”. Recuerdo tres especialmente.

Las canicas. No eran de cristal, sino de barro cocido que resultaban muy frágiles.  Jugábamos al “gua”, por ejemplo.

Las chapas. Tapas de botella que enteras o machacadas teníamos que acercar, desde tres o cuatro metros, a una raya trazada en el suelo. También había variantes de juego.

Antes

 

La peonza. Qué os explico de la peonza que sobradamente conocéis.

Estos juegos tenían su ciclo que duraban, puede ser, dos meses. No eran simultáneos.  Tampoco sé el orden. Alguien aparecía una mañana con la peonza y en tres días estábamos todos armados. Lo mismo sucedía con las canicas o con las chapas.

Había otros juegos por supuesto más atléticos, pero muy simples. El “marro”, el “escondite”, “policías y ladrones”, el “piti” (juego que hacía peligrar los cristales de casa de tía Goya), el “calvo”. Y los “bolos”.

Daniel.
 

Sin juguetes, pero con estos juegos y ayudando a los mayores en los quehaceres domésticos pasábamos felices los días.

Y las chicas, ¿qué? También tenían su modo de divertirse.

Jugaban a las muñecas de trapo que fabricaba la madre o la tía. A la “taba” (juego de muchachas que se hace con tabas (astrágalo) de carnero o con piezas de otro material), describe el diccionario.

Saltaban a la “comba”.

Dibujaban en el suelo unos cuadros en forma de cruz (el “castro”) e iban saltando de uno en uno, previo lanzamiento de una teja, por ejemplo.

Ahora

 

Pero esto, mejor que os lo cuenten ellas.

Esto era nuestra falta de juguetes, nuestros juegos, nuestros felices sueños tal como yo los recuerdo.

Algunos aún perduran, otros se los ha llevado el tiempo.

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RECUERDO DUODÉCIMO.

EL ABUELO (II).

Allá por los cuarenta del siglo pasado yo tenía ocho años.

Ese año cuarenta murió la abuela Francisca y en casa quedamos el abuelo con setenta años, el tío Eustasio recién llegado de la guerra y del frente (fue de los que se salvaron), la prima Humildad de ama de casa y yo de “motril”.

Humildad ama de casa. Con doce o trece años hacía las camas, barría, fregaba y cocinaba para todos como mejor sabía. Y sabía mucho. Era de ver cómo le gustaban a tío Bernardo, cuando se acercaba de visita con su traje de guardia civil y su tricornio, las sopas de ajo que le preparaba Humildad para el desayuno.

Y yo de “motril”. Una especie de recadero y sobre todo pastor de vacas.

Antes de seguir os advierto que en casa del abuelo lo principal a nuestra edad era la escuela. Era algo sagrado, no se podía hacer campana, como no se podía faltar a misa y al rosario los domingos.

  Abuelos

Cómo envidiaba yo a los compañeros que, con la excusa de las vacas, comenzaban el curso un mes más tarde y lo acababan un mes antes.

Sí, yo de “motril”. Lo hacía por las tardes en los largos días de primavera, los fines de semana y en las vacaciones, por supuesto.

Cada familia, por aquellos años, tenía pegado a la casa su “cuadra”, su pajar y dos o tres vaquitas productoras de leche (y un burro). Los había miniterratenientes con doce, catorce y más reses. Había una buena cabaña en el pueblo.

Yo llevaba a pastar las vacas al casarón, al Soto y sobre todo a Fresno (dicen que tenía la hierba más sabrosa de la comarca para el ganado). El abuelo me acompañaba en el trayecto (o yo a él). Me dejaba solo y volvía a casa a realizar otros quehaceres: limpiar la “cuadra” y echarles la cena a los animales. Algo que yo no entendía. Si las vacas se pasaban la tarde comiendo, ¿por qué había que darles la cena?

A veces se quedaba conmigo y los días fríos de otoño hacíamos lumbre al resguardo de un ribazo, y nos sentábamos al rescoldo en piedras preparadas al efecto.

  Tere y Dora.

Su edad le jugaba malas pasadas y se quedaba dormido. Pero os juro que en mil años no se me hubiera ocurrido lo que sí tramaron en minutos, años más tarde, el primo Manolo y mi hermano Tasi (eran dos, con su doble malicia, cuatro). El abuelo, en su sopor, no olió la chamusquina de la boina; sintió directamente la quemadura de la brasa en su cuero cabelludo. Mientras se levantaba despavorido, los pillos disimulaban y se reían a doscientos metros.

Por noticias posteriores que tengo, se lo tuvo en cuenta hasta la muerte y más allá. Y con razón.

Cuántos felices recuerdos me trae mí subconsciente.

Aquella casa donde yo nací, que me vio dar los primeros pasos y crecer, se cerró definitivamente para nosotros cuatro o cinco años más tarde. El tío Eustasio se fue a Madrid a hacer de carabinero. Más tarde, ya casado, emigró a México. A mí me mandaron a los frailes. El abuelo se hizo viejo y no estaba para más faenas. Y Humildad volvió a casa de sus padres y se llevó consigo al abuelo.

Éste llegó a los 94 años, viviendo primero en casa de su hija Josefa y últimamente en casa de su otra hija Anuncia.

Yo lo he vivido y yo lo recuerdo.

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RECUERDO DECIMOTERCERO.

LA POSGUERRA.

 
aviones


Alguien, que ha leído estos “mis recuerdos”, me preguntó hace unos días:
-Y tú, ¿no llegaste a vivir la guerra?
- Pues sí. Y, sobre todo, la posguerra.

Cuando comenzó  yo tenía cuatro años y siete cuando acabó.

De la guerra tengo ideas muy confusas. Recuerdo tres o cuatro cosas concretas más diáfana y nítidamente. Oíamos de tanto en tanto el retumbar de los cañones, decían, procedentes de Boñar.

Recuerdo ver por primera vez, ensimismado, hipnotizado, una escuadrilla de aviones (tres o cuatro) sobrevolar repetidamente el pueblo, mientras grandes y pequeños señalábamos con el dedo: Por ahí van, ¡por ahí van! Me parece que hasta para el abuelo y el tío Martín era una novedad. Y haber soñado con aquel espectáculo y aquel ruido nada parecido al pacifismo de la avioneta de Salvador.

Recuerdo aquel día, sobre todo. Tras los ventanales de la escuela los niños, temblorosos y acongojados, vemos desfilar un regimiento de camiones y soldados a paso firme  y marcial por la carretera. Qué impresión.

 


Soldado.

Tengo todavía la imagen de aquellos, que rezagados, ya no podían con las enormes mochilas y menos aguantaban las llagas de sus pies doloridos. Les contemplé exhaustos, sentados, tumbados en el alféizar de las puertas, quitarse las botas y mostrar aquellas heridas. Las abuelas y mujeres, como samaritanas, sacaban baldes de agua caliente tratando con ello de aliviar aquel sufrimiento. Cómo les curaban y vendaban los pies con simples vendas de trapo, hechas quizás con retales de camisas viejas,  para que pudieran seguir su triste caminar. Algunos soldados, incluso, eran conocidos, si no familiares.  
 

Allí supe por qué los que organizan las guerras van siempre en “limusina”. O lo he aprendido con los años.

También sonaban las campanas de cuando en cuando. Decían porque “los nuestros” habían ganado una batalla o tomado una plaza.  Como si los que habían perdido no fueran también de “los nuestros” en aquella guerra fratricida.

Cuánto lloró la abuela Aurora durante años. Ella, como tantas otras madres, había salido perdedora. El menor de sus hijos, yo recuerdo al tío Secundino (me había llevado de la mano junto a la pareja de bueyes), con sus primos Elías y Antonio y otros más del pueblo fueron llamados a filas  y murieron. No me importa de qué bando. Al tío Secundino (parece que de la quinta del biberón) se le perdió la pista nada más salir de casa, antes de llegar en tren a León. Hasta hoy. Fueron inútiles la  espera, los rezos, las súplicas, los rosarios de la abuela. Las diligencias de mi padre, su hermano, sobre todo, por encontrarle, vivo o muerto, también resultaron vacías, huecas. Parece que descansan en una fosa común cerca de Avilés. Hasta allí llegó mi padre por ver si había suerte. No la hubo. Como tampoco la tuvieron otras madres del pueblo.

 
Guerra

La posguerra. Creo que ya he contado sobradamente cómo vivíamos los niños por los años 40. Pues a nuestra edad en la escuela y ayudando en lo que podíamos a los mayores. Y rompiendo alpargatas corriendo por aquellos caminos de tierra y piedra. El abuelo me traía unas nuevas, de casa del “catalán” de Boñar, cada lunes. Me duraban hasta el martes, íntegras. Yo me las arreglaba para ir combinando unas y otras y no andar descalzo hasta el próximo lunes. Como todos los demás compañeros de juegos y fatigas. Si es que no las llevábamos en la mano, o las escondíamos en el hueco de una pared, para que duraran.

 

Y ¿los mayores? Con muchas dificultades y penurias. Fueron los años del estraperlo, de la cartilla de racionamiento, del hambre. No me lo contaron, son vivencias en primera persona. Yo, para esas fechas, ya tenía algo de razón.

Por suerte, en los pueblos, teníamos lo básico y no recuerdo haber pasado hambre, aunque tuviéramos que merendar pan con pan en vez de chocolate; y discutiéramos, a veces, por la mejor tajada; que se llevaba el más listo. Lo más que había para merendar, era una tostada de mantequilla con azúcar o sin. En las casas de los labradores siempre había unas patatas para almorzar, el cocido del mediodía (adobado con la morcilla y el tocino de la matanza), unos fréjoles para cenar, por ejemplo. Las gallinas sabían poner huevos y cuando no, se mataban para hacer caldo. En el corral había conejos. De vez en cuando una oveja se hacía vieja o se quebraba una pata y había que sacrificarla. Y sobre todo, casi nunca faltaba la leche.

Frecuentemente el tío Manolo, consumado cazador, nos traía una liebre o dos perdices.

Aceite, azúcar, arroz y alguna cosilla más se conseguían mediante la cartilla de racionamiento, algo que las madres administraban con medida hasta el próximo reparto.

Otras cosas (garbanzos, fréjoles, judías) se iban a buscar a la Ribera, con los borricos, por aquellos senderos montañosos esquivando a la guardia civil y el fielato.

Se fue pasando, como mejor se pudo y se supo, hasta que llegaron tiempos mejores.

Yo lo viví y lo recuerdo.

 
 

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RECUERDO DECIMOCUARTO.

 


ANÉCDOTA I - El arrepentimiento.

Gracias, Nisa, porque me las has traído a la memoria.

Ya he contado, cómo en aquellos años cuarenta del siglo pasado (qué viejos somos), si bien en los pueblos no pasamos hambre, hambre, sí escaseaban muchas cosas. Por ejemplo, la fruta. Y a los rapaces nos gustaba entonces. No ahora, que sobra, por lo que oigo.

 


Frutales

Tanto en Colle y Llama como en Grandoso había huertas con más o menos árboles frutales.

En Grandoso recuerdo la del tío Ignacio allá arriba y la del Sr. Eugenio y la del abuelo aquí abajo. En Llama la de tía María y la de la Sra. Ana. En Colle la del Sr. Paulino en la Viliella. Había otras, por supuesto, además de árboles en patios y huertos caseros. Si el año se presentaba propicio y las heladas no habían matado la flor, a principios de verano se cargaban de cerezas, ciruelas, peras o manzanas. Toda una tentación para nosotros.

Esa tarde-noche, cuatro mozuelas de Grandoso se atrevieron con las manzanas del abuelo.

 
 

Ni que decir tiene que antes de veinticuatro horas la “fechoría” infantil corría de boca en boca por el pueblo y eran señaladas con  el índice.

Sus abuelas y madres, avergonzadas las pobres, las recriminaban:
-Pecadoras, iréis al infierno, tenéis que confesaros. ¡Qué vergüenza! ¡Qué bochorno!

Tal pánico cogieron a las penas infernales las chavalas que deciden confesarse.

 
Iglesia

Y el próximo domingo, después del rezo del rosario obligatorio, cuando ya la iglesia está vacía y sólo se sienten las pisadas, abordan al Sr. Cura, D. Eduardo:
-Queremos confesarnos.
-Muy bien, hijas.

Entra D. Eduardo al confesionario y ellas cuatro pegadas a la pared en fila india como ovejas que van al matadero, bajo la mirada recelosa de los santos que las miran desde el retablo, se pellizcan, se empujan, se animan.

-Primero tú.
-No, tú.

Al fin arranca la más valiente, la más extrovertida, quizás la más inocente y se arrodilla.  Con voz poderosa resonando en la iglesia hueca, grita:
-Ave María purísima.
-Sin pecado concebida.
-Me acuso de haber ido a las manzanas del tío Froilán.
-¿Eso has hecho tú, hija?
-Sí, Señor.

 

Las otras tres que esperan su turno, al oír aquella conversación, comienzan a reír de pánico, a llorar, a tiritar y abandonan  la iglesia, despavoridas, como almas que lleva el diablo.

Al parecer, todas tuvieron perdón de los santos del altar, del Cura, del pueblo, de las abuelas y madres y hasta del tío Froilán. Al menos habían mostrado su arrepentimiento y no era cuestión de verse en el purgatorio.

Ya no volverían a las manzanas. Cuánto teníamos que padecer. Teníamos escasez en el lo material y miedos infundados o excesivos en el alma.

 
 

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RECUERDO DECIMOCUATO (II).

ANÉCDOTA II - Apañando.

Es otra inspiración de Nisa, gracias.

Cuando salíamos de la escuela en las largas tardes primaverales, casi todos los chavales y chavalas teníamos algo que hacer y no solamente las tareas escolares, que también. Ya dije que ayudábamos en los quehaceres domésticos y rurales.

Normalmente cuidábamos las vacas en sus pacederos. En primavera tocaba, además, acompañar a los mayores a “escavar” unas patatas o unas remolachas, por ejemplo. O ir a sulfatar aquel patatal infectado de escarabajos. ¿Os acordáis? Era poca la falta de recursos, y en aquellos años de posguerra nos viene ese bichajo de Alemania (es lo que se decía) que devoraba las patatas. Tras de cornudos apaleados. Tardaron varios años en erradicarse aquellos malditos animalejos.

Aquella tarde a las mozuelas, que son protagonistas de esta segunda anécdota, les espera en casa la azadilla y el saco para ir a “apañar”.

 

Aclaro que “apañar” era una faena muy útil para los labriegos de aquella época. Se mataban dos pájaros de un  tiro. En la tierra, recién brotado y crecido el trigo o el centeno, crecían también las malas hierbas. Por un lado se extirpaba la cizaña, y por otro, se aprovechaba para alimentar al “gocho”, a los conejos, a las gallinas. Dos pájaros de un tiro. Pero, ojo, había que hacerlo en la tierra propia o en los ribazos de nadie y de todos. Lo demás podía ser castigado con multa.  

Y aquí viene lo bueno del cuento. Las susodichas mozuelas llegaron a su tierra y advirtieron que en la parcela vecina abundaba más la mala hierba que el trigo, con lo que llegaron a este sencillo razonamiento. Más cizaña, antes llenamos el saco, más pronto nos vamos a casa, más tiempo tenemos para saltar a la comba o jugar a las tabas, si la madre no encuentra otra faena para nosotras. “Dejaremos el saco y nos camuflaremos a escondidas”.

  Nenas Pero amigos, tuvieron mala suerte. Las sorprendió el guarda. Hoy le llamaríamos “guarda forestal” y le verían con su uniforme y gorra para aparentar más autoridad. En el oeste americano le dirían “guardabosques”, con el que jugaba al gato y al ratón el oso Yogui. De todos modos se estableció el diálogo:
- Chavalas, ¿qué hacéis?
- Pues ya ve, “apañando” un poco.
- ¿De dónde sois?
- De Grandoso.
- Y ¿no sabéis que ese trigo es de Las Bodas?
- Pues, no.
Respondieron ya acobardadas, sonrojadas.
 

- Os tengo que denunciar. 
- Bueno.
- ¿Cómo os llamáis?
- Yo María. Yo Marta. Ninguna de las dos dio su verdadero nombre. Parece que habían aprendido bien la lección.
- Y ¿de quién sois?
- Nietas del tío Ignacio. Otra mentira mayor.

Pasados unos días se presenta el guarda en casa del tío Ignacio con la multa de cinco pesetas.
- Aquí tiene la multa que puse a sus nietas la semana pasada. Venía el papel avalado con el “cuño” correspondiente de la alcaldía.
-  ¿Cómo? Si yo no tengo hijos, menos puedo tener nietas -  renegaba el tío Ignacio. No necesitó buscar testigos. El guarda se retiró con el rabo entre piernas y murmurando. ¡Cómo me la pegaron las chavalas! ¡Lo tendré en cuenta para la próxima!

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RECUERDO DECIMOCUATO (III).

ANÉCDOTA III - Gran pirotecnia.

En mi infancia, en la fiesta de San Ramón, que celebraban conjuntamente Colle y Llama, no había programas escritos. Pocos años más tarde parece que sí. Dicen que escritos a mano, con  la mejor letra, en una hoja del cuaderno de la escuela, se elaboraba el programa y se pegaba con engrudo en el panel de anuncios de ambos pueblos.

Esta historia me la contaron de viva voz los mismos protagonistas. Yo la he corroborado con testimonios fidedignos. No me fiaba, la verdad. Ahora, parece que me la creo. Voy al grano y no exagero. Si acaso ellos. Yo lo cuento tal cual.

“Programa de fiestas”: “Segundo día”. “Doce de la noche”. “Gran despedida de fiestas con fuegos artificiales”. “Lo nunca visto en el pueblo por los siglos de los siglos”. Rimbombante sí quedaba.

 

Marcelino

Llegada la hora de la verdad parece que grandes y pequeños, nietos y abuelos, mozos y mozas, esperaban la gran demostración pirotécnica. Aclaro que por aquellas fechas, con las minas en todo su esplendor, Colle y Llama solamente superaban los trescientos habitantes. Además la noticia se había escampado por los pueblos vecinos (asiduos a la fiesta de San Ramón) y había una buena representación de todos ellos, no sólo de los que venían a buscar  “ligue”. Hasta de la villa subieron espectadores. Y los promotores, que aquel año eran el primo Marcelino y mi hermano Mino (no sé si había algún gamberro más, que me perdone si no le cito, me puede enviar una foto reciente y saldrá también retratado) no sabían dónde meterse. Con lo de la pirotecnia se habían lanzado un farol en el programa. Vaya, que se habían puesto una medallita con antelación, que ahora pagaban cara. Todos les apuntaban con el dedo: LOS FUEGOS… LOS FUEGOS…

Salieron del apuro y de ser linchados por la multitud por casualidad.

“Fulano” les susurra al oído:
-Id al pajar de “Mengano” y traed la gavilla de centeno que reserva para “chamuscar” el “gocho” en la matanza.

Se les abrieron los ojos como cazuelas y los dos pillos se van al pajar de “Fulano” precisamente y encuentran el tesoro.

Llegan con su trofeo y se ven salvados.

 
Mino y Jose

El ruido lo hacían los cohetes, que sí había en abundancia. La pirotecnia la ponían ellos. Mientras uno le iba dando manojos de centeno encendidos el otro, montado en un chopo, los agitaba haciendo saltar las chispas y el humo.

El jolgorio de los espectadores, los vítores, los aplausos, las aclamaciones, los ooooh!, les libraron de ir arrestados por la pareja de la guardia civil. Y porque habían cenado con ellos un par de horas antes.

Con qué poca cosa se conformaban y se divertían en aquellos tiempos.

 

“Fulano”, el que les había soplado la idea, se enteró que le habían robado la gavilla de centeno cuando quiso “chamuscar” el “gocho” allá por el mes de diciembre. Y maldijo a los ladrones. Todavía se lo está recordando estos años cuando se encuentran en la cantina para tomar unos vinos.

Así me lo contaron, así lo cuento.

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RECUERDO DECIMOQUINTO.

SENTIMIENTO.

Amigo trotamundos (te vas a hacer famoso). En tu primera incursión en el foro de esta WEB, entre otras cosas, me dices: “Sigue escribiendo”. Al tiempo que te lo agradezco, me pregunto: ¿Y cómo? ¿Y qué? La cabeza a mi edad no da para más, so pena de repetirme. No me gustaría que estos recuerdos se hicieran pesados y alguien exclamará: ¡YA ESTÁ BIEN!

En consideración tuya, y de tu tía Marucha, te explico tres historias que atañen a los tuyos y a los míos. Siempre tengo el problema de no saber ser del todo breve.

Primera: Los abuelos.
Has de saber que en aquellos tiempos un surco de tierra representaba, quizás, un celemín de trigo para el hórreo, un par de hogazas  para la mesa. Y si era el huerto, más cebollas o más patatas para cenar tres noches.

 

Argimiro

Y el agua, el agua lo era todo para los labriegos. Cuatro regaderas más significaban un brazado de hierba para las vacas, y un litro de leche para el desayuno. A partir de la recogida de la hierba se regaban los “praos” y las huertas. Por orden, por horas según la superficie de la finca. Recodarás que el tío Argimiro y el tío Froilán tenían en la Vega una parcela lindando, antes de la concentración.

Y del agua discutían aquella tarde. No pienses que llegaba la sangre al río que queda a menos de un tiro de piedra. En estas estaban, cuando a uno se le ocurre:
- Froilán, Argimiro, ¿por qué discutimos? Tú y yo tenemos una pata aquí y otra allá y cuando llegue el momento sobrarán con cuatro palmos de tierra para que nos den sepultura.

Esta frase me ha quedado grabada desde entonces. Espero que nuestros abuelos sigan tan amigos allá donde estén y se tomen juntos sus buenos vasos de vino.

Segunda: Las Anuncias.
Tu abuela y mi madre tenían el mismo nombre. Y me parece que eran muy buenas amigas. Tu abuela subía con frecuencia al barrio de arriba y mi madre bajaba al barrio de abajo. Y charlaban un rato.

Aquellas vacaciones llegué del colegio y casi sin deshacer la maleta me dice mi madre:
- Tienes que ir a dar el pésame a la tía Anuncia. Tu tío Argimiro había muerto en la mina aquella primavera.

Me acompañó mi madre. No sé si le di el pésame a tu abuela. Lo que sí contemplé fue aquel enorme abrazo que se dieron y aquellos sollozos entre lágrimas:
- Mi hijo de veintidós años. Decía una.
- Con estas minas todos estamos en peligro. Replicaba la otra.

De hecho, tu mismo padre tuvo un accidente gravísimo. Yo le vi con la cara quemada. Tus otros tíos, Mesio y Carlos, posiblemente emigraron a Madrid huyendo de aquel peligro. Ya habían pagado con creces su cuota de sufrimiento.

Como decía antes de los abuelos, espero que donde quiera que estén, sigan teniendo las amenas conversaciones de antaño.

 
Adonis

Tercera: El rosario.
Resulta que en aquellos tiempos el mes de octubre se celebraba el mes del rosario. Y se rezaba cada día en la ermitina, que no tenía bancos. Los pocos hombres que asistían, atrás, en el coro, con cara de aburridos despreocupadamente recostados contra la pared o en alguna columna. Las mujeres en medio, arrodilladas en cojines individuales y sentadas en cuclillas o en reclinatorios con sus iniciales. Los chavales delante, en fila, de pie, arrodillados o sentados en el escalón de la tarima dando la espalda a Santa Águeda.

Tampoco había luz eléctrica y la ermita se iluminaba con dos cirios colocados estratégicamente en el altar. La llama era fantástica. Invitaba a hacer apuestas. Soplábamos con maestría para ver quién tenía fuerza desde la distancia para apagar la vela. Conseguíamos que la llama parpadease y lanzara negras y misteriosas sombras sobre los santos del retablo.

 

En esto, se levanta la tía Rosa, la mujer del  herrero y da un pescozón a tu tío Adonís (qepd) al tiempo que le grita:
-Toma, a ti, por ser el más grande.

No sé cómo acabó en rosario. Supongo que con dificultades llegó a las letanías.

Yo lo viví, yo lo recuerdo.

 

Añadido: Amigo José María, te emplazo para que envíes a Noemi una foto de tu abuelo, abuela, o de tu tío Adonis para amenizar estos recuerdos. O de todos tres.

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RECUERDO DECIMOSEXTO.

LAS FERIAS.

SAN PEDRO.  SU FERIA.

Ya he contado cómo el abuelo, y casi todos los paisanos de aquellos pueblos que formaban  el ayuntamiento de Boñar, bajaban cada lunes a la villa. Era un ritual, como ir a misa los domingos.

Había feria. Parece que la tradición se mantiene hasta nuestros días con el devaluado “mercadillo”. Hoy bajan incluso las mujeres. No sé por qué siempre los lunes, y no los martes, se ha de comprar en el  supermercado. Para mí, es aquel gusanillo de antaño y ancestral de los abuelos. “A ver a quién encontramos hoy”. “A ver con quién hacemos la partida”. Los genes perduran por los siglos de los siglos.

Los lunes de aquellos años eran diferentes. La feria se hacía en la plaza de canto rodado que todos conocimos, a la sombra del NEGRILLÓN, que todavía lo era y del que el abuelo contaba:
-Hijo, ¿ves el negrillón? Pues cuando yo tenía tus años no servía para hacer una aijada.
-¿Tan delgado era?, abuelo.
-No hijo, no. Cuando yo tenía tus años ya era tan gordo como lo ves.
-Jo, abuelo. Refunfuñaba yo por no haberle descubierto antes su ocurrencia. De todas formas, seguía afirmando que yo era el rapaz más listo de la comarca. ¡Qué viejo debía ser el Negrillón!

Se mercaba de todo en los puestos de embutidos, de legumbres, de verduras. Zuecos, botas, zapatos, zapatillas. Recuerdo con cariño las ringleras de madreñas expuestas a la venta; posiblemente el producto de mayor salida.

 

Y el ganado. Siempre se bajaba alguna oveja, alguna cabra, algún cerdo y hasta caballerías. Y sobre todo alguna vaquilla, que no tenían intención de vender, pero que hacía bulto y los paisanos se enteraban de cómo iban los precios. La vaca regresaba al establo cada tarde, cansada y con hambre y con la misión cumplida.

Quiero recordar que durante el año había varias ferias en Boñar que sobresalían y dejaban minimizados a todos los lunes. De esto va este recuerdo. Que, además, eran las ferias del ayuntamiento. Las Candelas, San José, San Gregorio, San Pedro, y el Pilar. (¿Había otras?).

Negrillon

Paso por alto las tres  primeras. No tengo de ellas ninguna vivencia especial. Y digo que estos recuerdos no pretenden ser la historia exhaustiva y contrastada de aquellos años. Dios me libre. Son simplemente eso: recuerdos infantiles, con minúscula.

La feria de San Pedro. Recién encetado el verano, recién acabada la escuela, recién empezando las “vacaciones”. Me parece que los chiquillos de entonces no hablábamos de “vacaciones”. Decíamos simplemente “se acabó la escuela”. Cambiábamos la escuela por las faenas de la hierba y más tarde de la trilla. Y siempre del pastoreo con las vacas. Reíros, reíros.

Por San Pedro se compraban las herramientas apropiadas a esas dos faenas: guadañas, rastros, horcas, bieldos (añadir vosotros las que os venga en mente). Por supuesto, trillos. Aparecían  los “trilleros” o “empedradores” (¿se decían así?) que reparaban los dientes que los trillos habían perdido en la campaña anterior. A veces soñaba ser de grande “trillero”, como aquellos hombres que venían de Cantalejo (Segovia), y en cuyo pueblo se dice que “un trillo es una obra de arte escrita en su barriga”.

Y se vendían también las camadas de cerdos que las prolíferas “berracas” habían traído al mundo en la primavera. Eran los que, cebados, darían los jamones y chorizos allá por el mes de diciembre.

Dos vivencias sobresalen de esta feria. Mientras los mayores hacían sus negocios o tomaban sus vinos, los chavales alquilábamos bicicletas y hacíamos carreras de la plaza a la estación o carretera abajo, creyéndonos Bahamontes, cuando en realidad, estábamos dando las primeras pedaladas. No había peligro de coches. Nadie lo tenía. Don Amable (propietario creo del primer automóvil en el contorno) todavía utilizaba la tartana para visitar a sus enfermos.

Y la merienda de tortilla a la sombra del negrillón o en cualquier rincón fresco. Era tiempo de cerezas.

¡Cómo me gustaban! Me hacía reír el abuelo con aquellos versos: “por una voy, dos vengáis, si venéis tres, no vos caigáis”. Tal como suena. ¿No os acordáis vosotros  lo felices que éramos con lo poco que teníamos?

Yo lo he vivido. Y he disfrutado de aquellos tiempos, cuando las preocupaciones eran mínimas. Si acaso, hacer que durasen las alpargatas. Bien poca cosa.

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RECUERDO DECIMOSEXTO (II).

LAS FERIAS II.

EL PILAR. SU FERIA

     

Ah, la feria del Pilar. Además era fiesta. Hasta la misa adelantaba su hora y el abuelo se ponía el traje nuevo de pana y nosotros la camisa nueva y, no recuerdo, si zapatos o alpargatas. En la plaza del Negrillón seguían los puestos de siempre multiplicados por cuatro respecto a los lunes. Jamones, chorizos, toda clase de embutidos (y mira que los había y los sigue habiendo buenos por estas tierras), quesos, miel, castañas, nueces, avellanas, y un largo etc. Zapatos, botas, zuecos, pellizas y las omnipresentes madreñas.

El ganado ya no cabía en la plaza y la gran feria se sacaba a las eras, donde hoy están los Institutos. Para un  chaval como yo era demasiado.

No obstante, el espectáculo comenzaba temprano en los pueblos. Y los que estábamos  “sin escuela” como yo, nos agolpábamos al lado de la carretera para ver pasar los rebaños (sí, los rebaños) de ovejas, vacas, cabras.

Fue entonces cuando el amigo gritó: “mira, mira qué CABRÓN más grande”. Quedó mudo, quedamos mudos mirándonos de reojo por ver si le había oído el maestro o el cura (era pecado decir según qué palabras), a pesar de que tenía toda la razón del mundo. Era todo un señor macho cabrío, con su cabeza sobresaliendo medio metro, con su perilla, con su cornamenta, con su porte engreído. Y además venía haciendo de las suyas. Para sí lo hubieran querido las cabras de Gredos.

Lógicamente a la feria íbamos todos, o casi todos. La mayoría “mirones de oficio”. A comprar… unos pocos.

Llegados a las eras y después de una hora en medio de aquel laberinto, y habiéndose posicionado todo el mundo con lo que le interesaba, comenzaba el tira y afloja.
- ¿Quién vende esta vaca?  De sobra sabía de quién era.
- Yo mismo, disimulaba el otro. Y se quedaban mirando, como diciendo “a este pájaro le conozco”.
- Te doy tanto por ella.
- No, menos de tanto, nada.

Ferias.
 
Ferias

El comprador se retiraba pensando, “ya rebajarás el precio”.  Mientras el vendedor se quedaba sonriendo, “ya subirás la oferta”.

La escena (y como ésta cientos) se repetía cada media hora y las posiciones, aunque se iban acercando, no acababan de coincidir. Pero aquello no era eterno como las conversaciones de ahora entre sindicatos y patronal, entre Gobierno y Oposición. Entonces se resolvían las diferencias más escabrosas en un plis plas. Sin jueces, sin abogados, sin testigos casi.

Bastaba que terciara el amigo de ambos.
-Ni tú, ni tú.  ¿Verdad que tú quieres vender?  ¿Verdad que tú quieres comprar?  La diferencia al medio, y no se hable más, que nos conocemos todos.

Y cerraban el trato con  un apretón de manos y lo sellaban con un vaso de vino en el chiringuito más cercano. Por supuesto, pagaba el vendedor.

Los paisanos seguían su ronda y la vaca pasaba al cuidado del hijo o del nieto encargado de llevarla a su nuevo establo.

Por aquellas ferias aparecían también los tratantes, los chalanes, en definitiva, los especuladores. Que también los había. Eran los que no querían vacas en sus cuadras, que muchos ni siquiera tenían. Compraban un lote de tres o cuatro a precio muy ajustado y luego las vendían al detalle, lógicamente diez o doce duros más caras. Era su modo de vivir y recorrían todas las ferias del contorno y más allá. En un día ganaban más que un minero en todo el mes (decían). Aunque a veces les saliera mal la jugada y tuvieran que cargar con el muerto durante semanas, si no querían perder dinero.

Así hasta la tarde, hasta el anochecer, cuando las reses no vendidas deshacían el camino hasta sus establos, hasta sus pacederos.

Hasta el lunes próximo o hasta la próxima feria. O hasta el año que viene.

Yo lo viví. Yo lo recuerdo.
 

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ME DESPIDO.

No sé si con estos desmañados comentarios habré dado en el clavo. Sólo pretendo recordar pedacitos de historia de mi pueblo, de Llama, de los años cuarenta del siglo pasado. Si a los mayores les sirve de recuerdo y satisfacción, yo también me doy por satisfecho y pagado. Si a los más jóvenes les ha picado la curiosidad, pregunten a sus abuelos, a sus mayores, que sabrán contarles las “batallitas” mejor que yo.  Aunque no siempre son “batallitas”, sino realidades.

Ha sido un placer.  Animo a otros a contar sus experiencias de los años cincuenta, sesenta o setenta tal como las han vivido y las recuerdan.

La historia la hacemos todos y todos podemos contarla.

Ezequiel

 

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sybila